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A LA PALABRA...

Antiperredismo o ¿antidemocracia?

Miguel Rojas Salazar

En un proceso interpartidario, pareciera que la presente elección interna de la Dirigencia Nacional del PRD crea un antiperredismo o revela una antidemocracia, derivada del concepto de sus siglas que alude precisamente la revolución democrática, ante un escenario impropio de salvaguardar esa ideología.

Una segunda vuelta, una anulación o la utilización de mejores mecanismos sustentados en la punta de la tecnología digital hubieran presentado la oportunidad de esa existencia democrática en la obra, no solo en la teoría.

El pasado inmediato a la memoria dicta que, si realizó una obra donde el PRD aducía ser la víctima de prácticas fraudulentas, ahora podría hacer otra obra donde tales prácticas se aplican en el seno del partido.

Los propios militantes perredistas califican este proceso como el proceso más sucio de toda la historia partidista, y no solo tienen razón, sino que quedan separados de los contrastes y el ejercicio de una radicalidad incongruente.

De ahí, la lectura que nos remite el estado de manipulación en el actual proceso interno del PRD abre dos aristas:

Por un lado, el excesivo gasto invertido en urnas, papelería alusiva, infraestructura cibernética, visores bajo costo de viáticos y desplazamientos a nivel nacional, aunado a la subrepticia forma de “publicidad interna”, el hilo delgado donde pende la decisión de anularlo.

De acuerdo a Multigeo, empresa privada de marketing, los gastos de la presente campaña perredista de manera global ascienden a unos 40 millones de pesos, aunque podría elevarse si no se oculta bajo el disfraz de la transparencia subjetiva un sinnúmero  de dinero “inyectados” provenientes de iniciativa privada, empresas, correligionarios mayores, padrinos e influyentes de la maquinaria que representa ostentar una de las capitales mundiales mas demográficas, por ende de mayor apoyo, servicios y reciprocidades a pago a eso mismo.

Frente a ese espectro flotante es razonable, o mejor dicho, ha provocado emplazamiento el resultado impugnado por Jesús Ortega que a la postre frustró la tendencia que favorecía a Alejandro Encinas, inequívocamente, porque sancionar las elecciones por la vía de la anulación, seria echar a la basura tanto dinero propio y de padrinos directos e indirectos a favor de ambos contendientes.

Una segunda vuelta revestía mas mesura, aunque Ortega, que por segunda vez aspira a ese mismo cargo como en el 99, defiende más por inversión material y política su sitio, so pena de nunca más ubicarse en ese estatus partidista, que le arribaría en su momento a una aspiración mayor.

Jesús Ortega responsabiliza a la derecha, a Calderón Hinojosa, a los priistas y a los medios informativos de satanizar, ensuciar y magnificar los hechos ocurridos en el proceso interno del PRD. Hoy (2008) como ayer (1999) sostiene pretextos propios de una aspiración sostenida, por encima de la legión, del decoro político que antes Amalia García en 1999 evidenció y hoy a prueba la separación partidista dejando abierta una posibilidad marcada de “exilio” de más votos a su partido.

Y desde la otra perspectiva Alejandro Encinas significa en orden natural la carta valiosa, aunque fingida de Andrés Manuel López Obrador y el grupo que se ha posesionado del D.F. desde Cuauhtémoc Cárdenas, pasando por Rosario Robles, Andrés Manuel López, Alejandro Encinas y Marcelo Ebrard.

Este es el grupo elite que buscara reforzar el camino hacia la grande, y el propio refrendo al poder de la Capital, una inversión apegada a correligionarios que agrietaron Rosario Robles y sus huestes.

En 1997, la capital del país tuvo al primer jefe de Gobierno, producto de una elección, el ganador resultó Cuauhtémoc Cárdenas, él inició la era de gobiernos perredistas en el Distrito Federal bajo una estructura sólida que esperanzaba un arribo inminente a Los Pinos.

De tal forma que Cuauhtémoc Cárdenas salió como candidato a la Presidencia de México y Rosario Robles quedó a cargo.

No se esperaba algún error si trascendencia en el cargo de una fémina que recolectara apoyo a un PRD vivo.

En esa remesa partidista surgió, por elección, Andrés Manuel López Obrador obteniendo la jefatura, sin oponentes fuertes, sino demostrando una avasallante convocatoria que le ha alcanzado hasta hoy.

Envuelto en ese ánimo y amparado por las hostilidades del gobierno de Fox, también decidió ser candidato presidencial y Alejandro Encinas ocupó el puesto capitalino.

En el 2006, el PRD postuló a Marcelo Ebrard y nuevamente ganó. Ya suman 10 años de posesión.

Ebrard cumplió un año al frente del GDF y lo celebró públicamente, enumeró futuros proyectos y exaltó la era de gobiernos perredistas como otro estilo de gobierno. La evaluación real de obra pública y social, y desarrollo de una ciudad moderna, no se ha hecho, y sigue pendiente en una agenda maltratada. Los seguidores y la ambición de Marcelo Ebrard hablan de que también será candidato presidencial.

Ante la nueva Reforma Electoral, sus reglamentos e instituciones, sorprendió la carta enviada por López Obrador a legisladores del PRD pidiendo que no aprobaran las reformas al Cofipe, aprobándose y surgiendo así la polémica.

En el Cofipe se incluye la revisión de las urnas de voto por voto; se prohíbe a empresarios hacer spots electorales, se regula la postulación de candidaturas comunes entre partidos. Y el senador Carlos Navarrete propone que el PRD, PT y Convergencia, se fusionen en un solo partido con AMLO al frente; el PRD tiene su origen en la fusión con otros partidos, tampoco aceptó.

Hoy Andrés Manuel López Obrador, prefiere distancia entre el proceso y su figura pública, aunque sólo sea producto metafórico su discurso, evitando que no alcance a embarrarse de lodo, Cuauhtémoc es el respetable jefe de la Tribu y ambos, predicen un futuro mejor para el PRD aunque en lo real están desperdiciando ¿la última oportunidad? Giro radical…o vuelta a lo mismo…

 

 

10/04/2008

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