A LA PALABRA...
El valor de una sonrisa
Miguel Rojas Salazar
A propósito del fuerte aroma a navidad, de prestarle tiempo a la nostalgia, de la reflexión y la proliferación de abrazos y buenos deseos que recurren a estas fechas, descubra y dese un tiempo para checar su interior a través del regalo divino que es para repartir por cuan grandioso es: ¡una simple sonrisa!
¡Sí!, esa que atraviesa en nuestras vidas actuales bajo el riesgo de simple olvido o peor aún, bajo el signo de extinción.
Y como enemigos depredadores de la sonrisa, nos encontramos con la contaminación social, la enfermedad de la prisa y el estrés del reloj en las actividades cotidianas, en ese orden, el efecto de este mal actual afortunadamente tiene cura.
Derivado de tanta inseguridad que crea desconfianza, existe la contaminación social y se extiende en nuestros días de manera tal que si alguien desea un trabajo tocando a una puerta puede ser merecedor a una denuncia o un susto porque le suelten a los perros.
¡En serio! Un joven estudiante observó una mujer a quien se le cayó el monedero en una tienda de autoservicio, cuando se prestó a ayudarle solícito a recoger sus monedas, un revés se impuso contrario a un agradecimiento.
Transitar a media noche y ver un auto que se aproxima es ya vaciarse de adrenalina, correr, gritar, o de plano recurrir a la oración divina, esperando lo peor.
Y si es de día, la gente en su ritmo acelerado se olvida de un saludo, de ceder el paso al peatón por custodiar la velocidad de su auto y no recuerda que en el camino hay otros entre los que no se omite una fila de discapacitados, ancianos y niños.
En fin, el estrés del reloj dentro de las actividades cotidianas es un factor en la ausencia de la paz de una sonrisa…
Y surge la comparación innoble: la verdadera amistad comparada con los tiempos, pareciera incomodar la historia, en la que giran modas y sobre esta secuencia paradójicamente la pérdida de valores y la ausencia cultural.
Y es que el valor intrínseco de un regalo no se subasta, como tampoco el significado real de una sonrisa cuando esta nace en estado de esencia espontánea.
Porque ayer, mañana y siempre la amistad existirá, aun cuando los tiempos cambien, el verdadero amigo es invariable.
No hay quien olvide a su amigo de la infancia por encima de la distancia y el ayer, o por la ausencia física…
Tampoco es merecedor de ese efecto la remembranza de quien nos ha regalado una sonrisa bajo el encanto de un trato o una palabra de aliento por tan simple que suene ¡mas cuán intensa es a la hora de recordarla! ¡Es tan difícil creer en estos tiempos!
Mas que escudriñar el universo (si es que con tanto estrés cotidiano se puede) y volvemos la mirada hacia la paz que habita en esa lejanía. Y esa lejanía se manifiesta entre nuestro cercano círculo social: ¿cómo es posible que tantos planetas, astros, cometas y meteoros en la estratósfera espacial no choquen y nosotros como personas manipulables sí, hasta con el propio hermano o con el vecino?
En la respuesta flota la divinidad ¿no? ¿O se toma el criterio?
La pérdida de la confianza del hombre por el hombre, está marcando esa ruta. La inseguridad brota a cada paso, el saludo es relativo y se reduce cada vez más al vecino, cuando mucho, cuando poco al jefe de oficina.
Y los llamados centros de atención a clientes poseen tantas características cuantitativas por encima de las cualitativas. Porque hay buzón para quejas, sobrados empleados, un director, un guardia y paradójicamente, todo ese organigrama se cae diariamente del buen trato y esa atención se remite solo al uso semántico.
Y en el estacionamiento queremos ser los primeros y elegir el mejor lugar sin importarnos quien llegó antes o contra quien discutiremos.
Las relaciones humanas se han ido perdiendo por la prisa, y es que uno hasta por pagar recibe mal trato, las formaciones y las largas filas son ya el preludio del malestar y desequilibrio temperamental, porque los empleados que trabajan en el trato personal simplemente están pensando en la hora de salir, en los pagos de la colegiatura de sus hijos, en la deuda o en pagos de los viles. Y bajo esa actitud falta la sonrisa y sobra la amargura.
El policía se convierte en el más genuino enemigo social que aterroriza entre más cerca esté, y es que su culpabilidad está formada en un principio básico de interpretación cuando, a la inversa, debiera prodigar confianza.
El antiguo policía cruzaba a los ancianos, detenía el tráfico para ayudar personalmente a un menor a cruzar y hoy, solo hay que verlos para creer que levantará una infracción o la inventará cuando no exista.
Los choferes del servicio público desdeñan la educación de los usuarios con su irrespetuoso vocabulario, la estruendosa música y los nauseabundos aromas en sus unidades, así como frenadas en sitios de peligro peatonal y/o vehicular.
El comportamiento humano se manifiesta hasta en las iglesias, la reducción de feligreses, la ayuda al prójimo donde todos anteponemos el signo de incredulidad porque se trata de un vago que va a reunir dinero de limosna para droga.
Vemos en cada servidor un ladrón: en el voceador, el gasero, el cartero etc. etc. ¡Sobra la desconfianza, falta la seguridad!
Leía un comentario acerca del desaseo en las áreas de unos baños públicos de una unidad deportiva, culpando directamente al director. "¡Ya realicen limpieza esto huele a cerdos!, ¿qué no cobran para eso?" asi fue redactada y colocada sobre un mingitorio. Sin necesidad de nombres y como simple ciudadano me molesté, y no por abogar por el funcionario aludido. No es posible buscar culpables, menos crearlos solo por intereses personales de criterio o de mal uso de vergüenza. Ahí como en todo sitio público y hasta en baños rentables de los que sobran, la culpa es de la cultura social y el referente educativo ¡ni más ni menos!
En el mismo sitio a donde acudimos a correr cada mañana hemos sido testigos de cómo la gente pudiéndole bajar al agua –que hoy todavía existe– de los mingitorios ¡no lo hace! y como arrojan los papeles ¡fuera del depósito de basura! no por jugar a encestar, pero si por falta de educación.
Para el colmo, sobre una nota que refiere una recompensa por denunciar a quien o quienes causen destrozos en ese centro deportivo (se recompensará a la persona que ofrezca información de quien vea arrojando basura o rayando las paredes) alguien escribió “¿Hay si? ¡Qué miedo!”
En fin, hoy en día parece que la poca paciencia, el criterio, el buen uso educativo y la falta de atención y humanidad nos someten a una guerra social cuya tregua alcanza nuestro hogar y a veces ni ahí.
Y en todo este caos privilegiamos el valor de una sonrisa, sí, porque está en peligro de extinción y ahí no existe ningún grupo social, circulo o gremio que luche por salvarla.
El verdadero valor de una sonrisa es de lo poco que la existencia nos prodiga porque detrás de ella se distingue el buen trato, la educación, la interrelación y, sobre todo, la confianza.
Si vendieran sonrisas genuinas se cotizarían por encima de las medicinas, háganme el favor de no desperdiciarlas por la enfermedad de la prisa o tirarlas en el depósito de la amargura… la vida es bella ¿no cree usted?
13/12/2007
Ver mas columnas del autor |