A LA PALABRA...
Rating: la adicción a la ignorancia
Miguel Rojas Salazar
De moda que está la libertad de expresión, con la guerra entre el tercer y cuarto poder en medio de sus intereses, sano sería asomarse al efecto contrastante entre el ejercicio del periodismo cognoscitivo y la moda de un raiting manipulado a partir del efecto publicitario para provocar una adicción a la ignorancia.
El rating indica el porcentaje de televidentes que sintonizan un canal, programa, día y hora específicos (o promediando minutos y fechas), en relación al total de televidentes considerados.
El rating puede interpretarse de dos maneras:
Por ejemplo, un cierto programa con 30 puntos de rating puede significar que el 20% de la audiencia posible esta viendo el 100% del programa televisado, o bien, que la audiencia
total (el 100%) únicamente vio el 20% del programa.
IBOPE es el medio que regula el estándar en medios de audiencia.
De una manera sencilla, se puede definir el rating como el porcentaje de aparatos sintonizados a un
canal o estación en un momento dado, en comparación con el total de aparatos existentes en un área
determinada.
Pero atención, los niveles de rating son diferentes en determinadas horas del día, por ejemplo, 12 puntos en la mañana son excelentes ya que el número de televisores encendidos a esa hora no es mucho, pero si por el contrario, un programa tiene esa misma cantidad por la noche en un horario triple A (de 7 a 10 de
la noche), significa que está en gran desventaja frente a sus competidores.
De tal forma que la consistencia de un programa en los mejores estándares es lo que propicia o no su preferencia y extensión en niveles de audiencia, que en México abarca hasta 60 millones de televidentes viendo una telenovela, un partido de futbol o un talk show.
La inclinación en ese sentido de mayor peso de influencia es hacia lo que menos reviste importancia, por
lo que alcanzar un nivel de raiting, aun siendo programas enajenantes, de tendencia a la violencia, a la
improvisación de cantantes, de actores, de ciencia ficción como ovnilogía, amarillismo o proyección
a desintegración familiar, conlleva a soportar esa aguda tendencia de la mayoría, cambiarle de canal o
apagarle.
Como la constante es lo reprobado, la ignorancia se expande como efecto colateral.
Para proteger el sistema de raiting que dio paso a la empresa privada sobre la pública en los medios, se
creó inteligentemente la red cerrada para que programas deportivos, futbol, boxeo, etc. no desplazaran los
niveles de raiting de la televisión abierta que los enriquecen subestimando las necesidades de rescate al
patrimonio cultural e histórico.
La crisis educativa y cultural que atraviesa el sector televisivo en México es tal, que la comedia (telenovelas) ocupa los mejores poderes de raiting, fuera de ello los programas de revista, de periodismo
de investigación, fondo y análisis ocupan esporádicos horarios secundarios cuando antes, era a la inversa.
Hoy se incrusta la publicidad en la pantalla sin importar que la imagen se segmente, la repetición es la
mejor arma alterna a este capricho sistemático más por necesidades de captura inversionista que por
respeto al televidente.
Cómo justificar que por encima del entretenimiento, el libertinaje de medios televisivos
actualmente desemboca en lo inconcebible, como ofertar dinero a manos llenas por sólo llamar
telefónicamente –en otra forma de atrapar audiencia– sin importar que este saturada ya la
televisión mexicana de concursos “telefónicos”, más que de verdadera programación selectiva.
La repercusión cultural es seria, pero se impone más la mercadotecnia porque una producción con un
excelente rating se favorece en varios aspectos. Económicamente, por ejemplo, ya que podrá cobrar más
por su pauta publicitaria y muchas empresas querrán promocionar sus productos ya que una gran
cantidad de público verá sus comerciales y se interesará por ellos y por lo que promocionan, haciendo
que las ventas de sus productos aumenten.
La regla es clara: sin rating no hay publicidad y sin publicidad no hay programación.
Por ello se abusa de comerciales en programas de alto raiting sin importar su baja aportación cultural:
Big Brother, Bailando por un sueño, La Academia y la gama de telenovelas en horarios previsiblemente
selectos por la audiencia ocupan el posicionamiento reinante.
La elocuencia de esta mediocridad de medios por encima del verdadero ejercicio revela el por qué en los últimos años ningún mexicano a alcanzado el reputado Premio Pulitzer, el Premio Internacional del
Periodismo Rey de España o el Maria Moors Cabot. Colombia y Argentina en ese sentido amplían la
red cultural, en el ejercicio que promueve cambios, revoluciona o genera actualidad para el progreso
ciudadano desde ese referente en que se convierte un programa o un serio y vertical periodismo.
Las “cajas de luz e imágenes” son cajas de seguridad de sus dueños, las limosnas que reciben para
crear círculos aparentemente altruistas a partir de "teletones", deben ser más transparentes;
porque primero crean morbo social, luego impacto psicológico con escenas deslumbrantes de episodios
reales entre pobres extremos y humanos con discapacidades diferentes, y ya tienen un escaparate
de lástima para finalmente llenarse de dinero que destinan a esos proyectos, pero que se dividen entre los sueldos y viáticos de organizadores, creando
sospechas de cifras entre lo recibido y lo convertido en hechos...
21/09/2007
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