El procurador de justicia Bello Melchor se burla de la sociedad
Por Isabel Arvide
La referencia presidencial que asemeja Cancún con Tijuana fue errónea. En realidad debió equiparar la ausencia de un aparato de aplicación de justicia eficiente tanto en Chihuahua como en Quintana Roo, que conlleva definitivo, el riesgo inmenso de la impunidad; porque lo que se acumulan en esta entidad son los dislates inmensos de la procuraduría de jusicia estatal, exactamente como sucedió en la frontera norte cuando comenzaron los asesinatos de jovencitas y los “levantotes” de ciudadanos.
Lo anterior porque el deterioro del estado de derecho es justamente lo que propicia la violencia o que hace que el crimen organizado gane todas las partidas y coloca al ciudadano en situación de extrema vulnerabilidad. Esto —una espiral sin final posible— comienza con la incapacidad oficial para resolver delitos del fuero común, sea asaltos en la vía pública o asesinatos, y vaya que la entidad va encarrerada en estos temas.
De la misma manera en que absurdamente, en una burla a la sociedad quintanarroense, el procurador general de justicia, Bello Melchor Rodríguez, encuentra "asesinos" en cuestión de minutos sin nada que otorgue sustento a sus tesis; y mejor todavía si son desconocidos que ya volaron a su lugar de origen, o suicidas que oportunamente desaparecieron.
El agravio es sobre todo contra la inteligencia y el sentido común de la ciudadanía. Su más reciente caso, que ha escandalizado a los habitantes de la capital del estado, es el de una jovencita que desapareció el pasado sábado al salir de una discoteca local y cuyo cadáver apareció este martes decapitado en un paraje donde suelen bajar avionetas de droga. El día anterior, lunes 20 de marzo, su novio se suicidó tirándose de un segundo piso después de intentar, sin éxito, provocarse heridas con un cuchillo.
Lo más absurdo es que no habían detenido a Eduardo Aguillón, un estudiante de veinte años de edad, cuando él había recogido a la joven Adriana Méndez Delgado a la salida del centro nocturno. Es decir, fue la última persona en ser vista con ella.
Creo, personalmente, que para ser policía o investigador criminal (que no son sinónimos) incluso para ser autoridad en la materia penal hace falta una gran vocación, y que ésta no existe en el procurador quintanarroense, un próspero notario cozumeleño que tiene una trayectoria totalmente ajena al tema. No es fácil relacionarse con sangre, armas, policías y criminales si no se tiene esta jiribilla interna hacía el descubrimiento de la verdad, si lo que más se ha hecho es tomar testimonio de ventas de casas o dar fe de testamentos.
Lo cierto es que lo más elemental que se puede aprender hasta en las series de televisión norteamericanas, es encontrar el móvil y la oportunidad para un crimen. En el tema de la pareja de turistas canadienses ejecutados —también con un cuchillo en su habitación de un lujoso hotel de la Riviera Maya— esto no fue siquiera esbozado.
Ahora en la tragedia de Quintana Roo se descuidó de inicio lo más importante, las horas inmediatas a una desaparición, que es cuando se puede encontrar a la persona "levantada". De haber interrogado al novio, otro sería el sentido de la investigación, porque entonces se habría descubierto que no fue el asesino. ¿Por qué la contundencia de la afirmación? Muy simple, el cuerpo de la niña tenía menos de veinte años, estaba con las manos amarradas en la parte de la espalda con cinta de aislar, que es precisamente uno de los signos más inequívocos de las ejecuciones del narcotráfico. A eso debe agregarse que cortar —como estaba el cuerpo— limpiamente la cabeza de una persona no es un ejercicio fácil ni que puede haber hecho alguien que después no tuvo el valor de clavarse un cuchillo para quitarse la vida.
O sea los Zetas o sus compinches los zetitas, o incluso un grupo rival que llegó a Chetumal (no olvidemos qué gran porcentaje de la droga que entra al país lo hace por esta región y menos todavía la rebatinga para el control de la plaza o los intereses creados alrededor del narcomenudeo) que son millonaríos en Mares. De tal forma que habría sido el novio quien la “puso”, es decir, quien la entregó con los sicarios, sean locales o hayan venido de otra parte del país. En esta ejecución habría uno o varios mensajes con destinatario. No es sencillo, en lo absoluto cometer un asesinato. Se requiere sangre fría y una determinación escalofriantes, por decir lo menos. Los crímenes pasionales son precisamente producto de una exaltación, de un impulso irrefrenable y enfermo pero no se planean. Menos todavía implican encontrar un paraje donde abandonar el cuerpo que ha sido cercenado en otro lugar, como sucedió aquí.
Hay cientos de pruebas a realizar. Por ejemplo, elemental diría mi querido Watson, revisar los asientos y la cajuela del automóvil del “novio” para ver si quedaron huellas de sangre. La coincidencia o no del cuchillo. Las razones detrás, que habría que referirse definitivamente a la venta de droga al menudeo. La autopsia en ambos cadáveres, si no es que ya se cremó al muchacho sospechoso, la búsqueda de la cabeza en sentido de no arrojarla en el mismo lugar que podría implicar un balazo proveniente de una pistola oficial registrada, o sea que había la participación de autoridades. Lo que no se vale es llegar en automático a la conclusión de que fue un asunto pasional, cuando todo indica que no lo es, para quitarse de encima el dolor de cabeza de una investigación profesional.
Si en Quintana Roo, como sucedió en Chihuahua y también en Baja California, se envía el mensaje de impunidad a los criminales, lo que habrá será una violencia incontrolable en una cascada de aumento espeluznante. Entonces las críticas presidenciales serán tema menor para una realidad aterradora, y conste que utilizó con razones de sobra estos adjetivos que parecen, sin serlo en este tema, exagerados.
El quintanarroense diario
Sección Opinión, Pág. 26
24/03/2006 |