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Hostilidad

Roberto Zamarripa

La muerte de Arturo Beltrán ocurrió en medio de una intensa hostilidad de sus enemigos. Diversas persecuciones convergieron en la búsqueda de aniquilar a uno de los personajes considerados más violentos en el mundo del crimen organizado. Lo buscaban tanto sus rivales en el narcomercado como las autoridades federales.

Las tareas de inteligencia que a decir de la autoridad federal sustentaron los operativos de persecución de Beltrán -dos de los cuales resultaron fallidos- quizás fueron alimentadas por delaciones de los principales adversarios del denominado Barbas.

A fines de noviembre y principios de diciembre se intensificaron las acciones de persecución contra Beltrán pero por parte de sus enemigos delictivos (Reforma, 18/12/09). El 20 de noviembre pasado un comando de decenas de sicarios que se desplazaban en camionetas identificadas con una X incursionaron en Navolato, Sinaloa, y "levantaron" a una persona de nombre Juan Pablo Jacobo.

El 8 de diciembre, el mismo comando X atacó el cuartel de la policía ministerial en Angostura y "levantó" a tres agentes policiacos. El comando X es identificado con leales a Joaquín Guzmán, El Chapo, y realizaba acciones de advertencia a Beltrán.

Al día siguiente la PGR reportó el hallazgo de ocho "narcomensajes" en distintas ciudades de Sonora, desde Agua Prieta hasta Ciudad Obregón, cuya coin- cidencia en el contenido era la acusación contra El Barbas de cometer "actos terroristas" y atentar contra inocentes. Los mensajes eran reivindicados por "Gente Nueva", grupo supuestamente a cargo de El Chapo.

El viernes 11 vino la respuesta con una narcomanta colocada en Los Mochis. "Nosotros no somos rateros, no ponemos retenes falsos como la familia Salazar de Navojoa y Jabalíes de Sonoíta, no tiramos granadas a gente inocente. ATTE. Alfredo Beltrán Leyva", decía la manta.

El 10 de diciembre Beltrán había escapado de un operativo en Puebla donde agentes federales enfrentaron a sicarios del grupo criminal.

Beltrán se dirigía a una fiesta en Tepoztlán, Morelos, donde también llegaron elementos policiacos federales, la madrugada del 11 de diciembre, y detuvieron a varios integrantes del grupo delictivo y a los músicos norteños que capitanea Ramón Ayala.

Ambas partes, el grupo de El Chapo y las autoridades federales, resultaron beneficiadas de su acciones. No sería nueva una coincidencia así. Baste recordar que Jesús Zambada, conocido como El Rey, le reveló a Bayardo (el testigo protegido recientemente ejecutado en un café) el paradero de Arturo Beltrán en Cuernavaca que condujo a un operativo fallido en mayo del 2008.

El gobierno federal tiene motivos para reivindicar como un gran golpe la muerte de Beltrán y la desarticulación de una de sus madrigueras en la capital de Morelos. Pero no ha sido desmantelada su estructura. Ni la que se refiere a la logística, ubicada en los destacamentos policiacos locales (en Morelos, Guerrero, Distrito Federal, estado de México y varias entidades del Pacífico) ni en el ámbito económico y financiero.

Beltrán se sabía acosado aunque resistía y desafiaba. En el operativo de Puebla, desde donde escapó en una avioneta rumbo a la fiesta amenizada con Ramón Ayala, resultó herido, según reveló un funcionario de la DEA en una entrevista televisiva. No hay certeza de que hubiera estado en la fiesta cercana a Tepoztlán aunque las pistas dejadas por sus secuaces condujeron pronto a su paradero en el condominio Altitude.

Pero el acoso tenía otros tintes. Posibles fisuras en su grupo y también, según versiones no oficiales, el capo tenía la intención de realizar una cumbre en Cuernavaca para tratar de llegar a acuerdos con otros jefes del narco.

Ya en el 2001 se había producido una cumbre de capos como lo recuerda Diego Osorno en su libro El Cártel de Sinaloa, citando a su vez un informe de la PGR (C1/C4/ZC/03 40/05) dado a conocer por Alberto Nájar en el suplemento Masiosare de La Jornada. Aquella cumbre tenía el propósito de "reestructurar" a los grupos del narco y combatir a Los Zetas que controlaban Tamaulipas.

La muerte de Beltrán acelerará la recomposición entre esos grupos y augura circunstancias de violencia focalizada en distintas entidades.

La difusión de las fotografías del cadáver de Beltrán, sin pantalones, tapizado de billetes y joyas, eran inequívocamente un mensaje. El gobierno federal deslindó de cualquier responsabilidad a sus agentes. Entonces ¿quién fue?

Reforma
21/12/2009

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