¿Se puede, 2011? Vidal Garza Cantú Con los índices de inseguridad en aumento en varios estados del norte de México se inició un 2010 con expectativas dispersas sobre lo que se podía o no alcanzar. Se anhelaba el regreso de una mayor paz social y de un trabajo conjunto en el que sociedad y autoridad se unieran en el mismo destino, reducir el índice delictivo. Los pasos, sin embargo, no se dieron así. Para México, el reto de enfrentar a quienes infringen sus leyes parece un esfuerzo inacabable. En momentos parecería sólo el esfuerzo del Ejército y la Marina, no obstante, falta la completa sincronía del Poder Legislativo y sobre todo la capacidad y efectividad del Poder Judicial. El Ejecutivo federal sin duda ha puesto el tema de la violencia y la inseguridad como centro de atención, pero no sé qué tanto ha logrado la acción colectiva para combatir este grave problema social. El mercado del voto es hoy una realidad rampante y grosera frente a la necesidad de buscar el trabajo conjunto de los ciudadanos con la autoridad. Partidos y gobierno se han mezclado de manera burda, ya no se distinguen. Muchos preferimos la distancia del gobierno por desconfianza y por la falta de resultados y transparencia, pero muchos más prefieren los favores del gobierno para mantener una ilusión de beneficios que nunca llegan porque precisamente de eso trata el mercado de votos. Convencer prometiendo, pero no cumpliendo, excepto, claro, para el círculo cercano de amigos de la autoridad que así como los delincuentes les favorece estar próximos a ella para su beneficio individual. Revisamos la marcha por la inseguridad y los grandes acuerdos nacionales y las múltiples reuniones en Los Pinos, así como los esfuerzos de la Conago y vemos cómo en los hechos parecemos más retórica que realidad. El 2010 nos mostró la dura cara del deterioro en la gestión de lo público. Las promesas incumplidas de campañas son poca cosa frente a la incapacidad de la autoridad de hilar dos o tres acciones efectivas en alguna dirección: llámese transporte público, desarrollo urbano, incremento del empleo, fomento a la inversión o -tristemente- combate a la pobreza o a la inseguridad. No hay capacidad, talento ni voluntad en muchos gobiernos locales para implementar políticas públicas con un sentido efectivo en beneficio de la sociedad. Ideas sobran, recursos también, pero la capacidad de instrumentar acciones falta; no son buenos ejecutores los gobiernos locales. No han aprendido cómo hacerlo, o mejor dicho, no les interesa aprender a hacerlo bien, pues en el mercado de la competencia política no existen incentivos para que lo hagan. Y es que siempre ganará alguno de los tres partidos nacionales y reciclarán a los políticos que han fracasado en la gestión pública. Cuán importante resulta ahora replantear la reelección de legisladores y, por supuesto, las candidaturas independientes. En el 2010 conocimos como nunca el arte de excusarse, de justificarse, de patear la bolita para que la opinión pública se confunda y el tema se olvide. Parece que el objetivo es no responsabilizarse y culpar a algo o a alguien más, pues la tarea es cómo subirse al tren de las elecciones del 2012 sin rasparse. ¿Hasta cuándo durará el engaño de la clase política con la sociedad mexicana?, una sociedad que en el 2010 se solidarizó como ninguna nación latinoamericana con Haití, pero que no mostró la misma generosidad con Nuevo León, Veracruz, Chiapas; una sociedad que sigue extendiendo la mano para recibir beneficios que no está dispuesta a proveer cumpliendo sus obligaciones en su carácter ciudadano. Inicia un nuevo año y la esperanza se presenta como algo posible para enfrentar los problemas, así hay que verlo. Los problemas seguirán ahí, lo que no debemos olvidar es que la esperanza es un concepto humano, depende de nosotros mantenerla y si vemos los problemas como oportunidades entre todos, este año será mejor que el que se fue. Reforma |





