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El autismo de Gaddafi

Myriam Vachez

"A quien llega tarde lo castiga la historia".

Mijail Gorbachov

¿Dónde está Gaddafi? ¿En qué mundo vive? Cada día parece más alejado de la realidad que acontece ante sus ojos. "Mi pueblo me adora", declara ciego, sordo, necio, tomando nota de lo sucedido a sus homólogos tunecino y egipcio, y decidido, cueste lo que cueste, a no correr la misma suerte.

Débiles, debe pensar de ellos, cobardes que huyeron en lugar de defenderse, en lugar de usar la represión contra aquellos que se atreven a pedir su dimisión, cuyos gritos estúpidos y estridentes impiden escuchar las voces de quienes lo veneran. Las innumerables voces de sus seguidores. Por eso hay que dispararles desde tierra o desde el aire, acallar para siempre sus ensordecedores gritos para que puedan alzarse, altas y claras, las dulces voces de sus adoradores.

Una tragedia se está desarrollando en Libia, una tragedia cuya magnitud Gaddafi parece incapaz de entender: ¡ha resistido a tantos embates de la historia! Y tampoco parece estar consciente de que las cosas han cambiado en los últimos tiempos. Cuando le tocó resistir, el mundo era otro, las relaciones eran otras, la capacidad de injerencia de la comunidad internacional era menor.

Tantos años escuchamos a los occidentales acusar a Gaddafi de todo; los vimos aislarlo, sancionarlo, y él, desde su tienda de campaña en el desierto, durante sus largos retiros que extrañaban a todos y hasta despertaban si no simpatía sí sonriente curiosidad, seguía manejando el país a su antojo, concediéndose de vez en cuando un gesto de buena voluntad que le ganaba la confianza de aquellos que tanto lo criticaban.

El último: cuando renunció a su programa nuclear, autorizando incluso a Estados Unidos desmantelar sus instalaciones secretas y llevarse todo el material fisible y la tecnología que había comprado en el mercado negrísimo de lo nuclear, organizado por el famoso doctor Khan, padre de la bomba atómica paquistaní, a quien el mismo Gaddafi había denunciado. Claro, denunció la red de Khan cuando fue descubierto un barco que transportaba, oculto en sus bodegas, material a Libia, pero ese gesto cooperador le ganó la benevolencia internacional por un -largo- rato.

¿Cuánto tiempo más logrará controlar a su policía y a su Ejército? ¿Cuántos soldados le seguirán siendo fieles y cuántos seguirán los pasos de aquel piloto que prefirió saltar de su avión y estrellarlo antes que obedecer la orden de dispararle a su propia gente? Estados Unidos ha apostado tropas cerca de Libia; el Consejo de Seguridad de la ONU implementa duras sanciones y la Unión Europea las endurece aún más; la Corte Penal Internacional prepara una investigación por crímenes contra la humanidad, y Gaddafi, quien ha perdido el control de los principales pozos petroleros y de varias ciudades, contrata miles de mercenarios nigerianos y declara, sin embargo, que el país está completamente en calma. ¿En qué mundo vive?

Es innegable, y debemos reconocer que algunos lo previeron desde el primer instante, que la onda de choque iniciada en Túnez sigue propagándose.

En Yemen el movimiento contestatario abarca ya todo el territorio; hay fuertes manifestaciones en Bahréin, en Argelia, en Marruecos incluso y hasta en Jordania; Irán, por su parte, se cura en salud arrestando de una vez a los principales líderes de la oposición, ¡antes de que otra cosa suceda! Y en Siria, aunque la gente no olvida el último levantamiento contra el régimen cuya bárbara represión dejó decenas de miles de muertos y unos 17 mil jóvenes aún desaparecidos, cada día aparecen en la red más llamados a la revolución. Y así, de país en país, se expande la revuelta de los pueblos árabes.

Reforma
04/03/2011

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