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Un nuevo Haití

Isabel Turrent

Hace una semana, Hora 25, un programa de radio dedicado esta vez a Haití, cerró con una pregunta: ¿cuánto tiempo estaría ese trágico país en la atención de la comunidad internacional? Todos coincidimos en afirmar que muy poco. Si el pronóstico se cumpliera, las consecuencias para Haití serían desastrosas.

Relegar al país al olvido es condenarlo de nuevo a décadas de miseria que derivarán, de acuerdo con la espiral perversa que ha sido la historia de Haití, en otra tragedia natural o política.

Haití es una tierra sísmica y paso casi obligado de huracanes, pero los destrozos que estos fenómenos naturales han provocado son resultado de la miseria abrumadora de Haití. Y ésta, a su vez, ha sido producto en buena parte de las intervenciones de la potencia en turno y de una política norteamericana que ha fluctuado entre dos polos: la intervención militar -y el apoyo a dictadores como el tristemente célebre Papa Doc Duvalier- y el descuido total. Pero los principales responsables del estado del país han sido los haitianos mismos: reyezuelos, emperadores de pacotilla y dictadores vitalicios, muchos de los cuales serían pintorescos si no hubieran sido tan truculentos.

La tragedia de Haití comenzó en el momento en que Colón "descubrió" la isla que hoy comparten Haití y la República Dominicana. La Española, como fue bautizada, estaba cubierta por una selva verde y densa (de la que sobrevive en Haití apenas un 1.7 por ciento) y tenía 300 mil habitantes. Para 1540, la explotación y las enfermedades que habían traído los europeos extinguieron a la población nativa que fue sustituida por cientos de miles de esclavos africanos y una reducida elite (los "grandes" o "pequeños blancos" dependiendo de sus recursos) que vivía del producto de fincas azucareras y tabacaleras. En 1697, Haití pasó a manos de Francia: la explotación se volvió más cruenta y las condiciones de vida de los esclavos negros se abatieron. El dominio francés dejó un solo legado luminoso: la cultura franco-africana que distingue aun a la población del país.

Para medidos del siglo XVIII vivían en Haití 300 mil esclavos negros y 12 mil blancos: en 1791, los negros se levantaron, exterminaron a los blancos que los explotaban y, en 1804, proclamaron la independencia. El círculo vicioso empezó en ese momento: Haití había nacido a la vida independiente en medio de un baño de sangre y los nuevos gobernantes reprodujeron con nuevas elites, ahora de otros colores, el sistema de opresión y explotación que habían destruido. Se convirtieron en los nuevos beneficiarios y predadores de la riqueza agrícola de la isla. Y en facciones en pugna por el nuevo instrumento de dominación: el Estado.

Haití transitó buena parte del siglo XIX en un aislamiento que rompían tan sólo las intervenciones militares externas y gobernado por dictadores que se sucedían unos a otros después de choques armados y golpes de Estado. En 1915, los blancos regresaron: Estados Unidos ocupó Haití hasta 1934. Cuando la ocupación terminó, Washington aplicó al país la otra modalidad de su política latinoamericana: el apoyo a dos sátrapas crueles y autoritarios. En 1986, cuando Haití se liberó del patético Bebé Doc, que había heredado el poder de su padre, el país se había convertido en lo que ahora llamaríamos un "Estado fallido": miserable, ingobernable políticamente y con una economía en ruinas.

La pujante agricultura del pasado había sido sustituida por una agricultura y pesca de subsistencia; el 90 por ciento del PIB y el 75 por ciento de las exportaciones del país dependían de la industria textil -y de la demanda externa- y Haití empezó a exportar también a cientos de miles de sus habitantes más educados. En el ámbito político, aún ahora, el gobierno del presidente René Préval, electo democráticamente en 2006, padece una legitimidad tambaleante, una corrupción galopante y un escaso margen de acción política.

Haití no tiene que reconstruir solamente lo que el terremoto derruyó, sino construir un país pujante: liberarse del lastre de su historia y erigir un Estado moderno y democrático. No podrá hacerlo sin ayuda de la comunidad internacional, especialmente de Estados Unidos y América Latina. Estas naciones tienen que abrir sus mercados a las exportaciones haitianas y conformar un organismo para canalizar las inversiones y ayuda a los sectores que más lo necesitan. Es indispensable establecer una especie de gobierno paralelo que, sin privar a los haitianos de la responsabilidad de construirse un destino nuevo, tome en sus manos temporalmente desde la seguridad hasta la reforestación del país. Para ello habrá que remontar la desconfianza de los propios haitianos frente a cualquier intervención externa y las insostenibles reservas de muchos norteamericanos -que en 2008 dieron apenas 92 centavos de dólar per cápita de ayuda a Haití- y de ciudadanos del continente, incluyendo mexicanos, que han enarbolado hasta argumentos racistas para relegar a Haití al olvido. Para México, Haití es una oportunidad inmejorable para restaurar la política exterior que hemos extraviado, sobre nuevas bases y principios, que coloquen al país en la posición de liderazgo regional que merece y necesita.

Reforma
31/01/2010

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