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El partido melancólico

Jesús Silva-Herzog Márquez

El PAN ocupa desde hace 10 años la Presidencia de México. Recordamos bien la emoción que suscitó la alternancia. Se trataba de un acontecimiento histórico en donde todos los actores políticos parecían elevarse por encima de su condición. Gobierno y oposiciones fueron capaces de cambiar las reglas de la competencia; las nuevas instituciones ofrecieron confianza; los perdedores reconocieron su derrota. Así contemplamos como un espectáculo inédito y edificante la tranquila transferencia del mando. Se abrían entonces esperanzas extraordinarias y, por supuesto, desmedidas. Creímos que habíamos desatado el nudo de todos nuestros problemas. En realidad, nos enredábamos en el problema democrático sin darnos siquiera cuenta de que era un problema.

El PAN ganó la Presidencia en el 2000 y ratificó su victoria seis años después. No se puede decir, sin embargo, que haya ganado el poder. En efecto, bajo el régimen democrático, la Presidencia no es el lugar en donde se ubica el poder. Los Pinos no es su residencia. Puede ser, si acaso, el vértice de un poder irremediablemente inquieto. La Presidencia es un sitio desde el que se puede ejercer poder si es que se encuentran las claves de la decisión entre los complejos hilos del pluralismo. No es exagerado decir por ello que, en la década que abarcan sus dos presidencias, el PAN no ha sido capaz de encontrar esa llave del movimiento. La década azulada ha sido en lo fundamental una década estancada. La responsabilidad -no hace falta decirlo- es múltiple. El PRI, el partido que perdió la Presidencia sin perder el poder, ha administrado sus votos en el Congreso para paralizar sin asfixiar. Si queremos hacer la cuenta de la década, debemos anotar la enorme responsabilidad del PRI para obstaculizar los cambios que urgen.

Pero vale detenerse en el partido que llegó a la Presidencia hace 10 años. Hoy está a punto de renovar su dirigencia, hambriento de liderazgos, de ideas pero, sobre todo, de orgullos. Es revelador que, con la experiencia de gobierno que ya tiene, Acción Nacional siga encontrando en el antipriismo el eje de su discurso. Ésa ha sido su bandera en la temporada reciente: hacer hasta lo imposible para impedir que el PRI recupere la Presidencia. Tal parece que los panistas no encuentran razones para invitar a la continuidad o para llamar al mantenimiento del rumbo. Se ofrecen como vehículo para impedir lo que ellos llaman regresión. Después de 10 años de ocupar la Presidencia, el PRI vuelve a ser para los panistas el manantial de su confianza profunda, el ogro que les devuelve certeza moral y propósito político. Porque los panistas no pueden mirar con orgullo su legado como gobierno, buscan refugio en su antigua identidad: los enemigos históricos del partido autoritario. Si estos 10 años hubieran dado a los militantes del PAN un catálogo modesto pero sólido de realizaciones, Acción Nacional habría pasado la página de sus batallas anteriores. Porque ese listado es inexistente, retoman el capítulo anterior.

Soledad Loaeza ha sugerido que el PAN es un partido atrapado en una contradicción profunda. Una organización que anhela el poder y, al mismo tiempo, lo rehúye. Por eso se consuela con orgullos de santa oposición. Escribe Loaeza en Acción Nacional. El apetito y las responsabilidades del triunfo, (El Colegio de México, 2010): "En los últimos 10 años, los panistas parecen sumergidos en un dilema existencial que se deriva de una ambivalencia extraña para otros partidos políticos: ambicionan un poder que les repugna, sobre todo cuando lo contrastan con la época en que la hegemonía del PRI santificaba sus intenciones y sus acciones". Se trata, en efecto, de un partido nostálgico de la virtud opositora. La melancolía se alimenta de la insatisfacción panista con lo realizado en las administraciones de Fox y Calderón pero, sobre todo, de una falta de confianza en sus capacidades de transformación. Después de todo, el PAN ha sido un buen envase electoral con pésimo contenido gubernativo. Ofreció una opción electoral para quitar al PRI de Los Pinos y se benefició de la desconfianza que generaba López Obrador. Pero esas victorias electorales no han sido plataformas de una política eficaz. Los panistas se saben capaces de ganar elecciones pero, en lo profundo, se reconocen incompetentes para operar la transformación que el país necesita. Su realismo es rendición. Hasta los panistas más lúcidos aparecen como políticos resignados frente a circunstancias imbatibles.

Mientras el PRI, sin haberse tomado la molestia de renovarse, es hoy un partido que ve con confianza su futuro, el PAN es un partido melancólico: un partido que ha perdido confianza en sí mismo, que ha dejado de creer en sus ideas y se refugia en su prehistoria por no atreverse a pensar en su futuro. El PRI podrá ser el partido del pasado pero no es, como Acción Nacional, el partido de la melancolía.

Reforma
29/11/2010

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