Hacer ciudad Jesús Silva-Herzog Márquez En Ciudad Juárez, el presidente Calderón fue recibido como jefe de Estado. No el receptor de ceremonias sino el blanco de la rabia. Ejerció de emblema: no el símbolo de la unidad política sino personificación del desgobierno, la violencia, la impunidad. La rabia de los deudos se dirigió a quien representa el abandono. Si el Estado ha dado la espalda a la ciudad durante décadas, sus habitantes, en un momento de furiosa lucidez, le corresponden. El rechazo puede expresarse como el repudio a una estrategia política que insertó la palabra guerra en el centro de su gobierno. El rechazo puede expresarse directamente contra un Presidente y su fracaso, pero en la indignación, el dolor y la rabia hay mucho más que eso: un enfurecimiento que se ha cultivado durante años, durante décadas. La inercia le dictó la reacción al Presidente al enterarse de la nueva matanza en aquella ciudad. En su cuento se trataría de un nuevo episodio de violencia entre pandillas. Los criminales se exterminan entre sí porque el Estado les está cerrando el paso. Nos han dicho tantas veces que la sangre es auspiciosa que los voceros oficiales tienden a celebrar la violencia como una venturosa señal sacrificial. Las matanzas se festejan por radio como si fueran trofeos de una política. Por eso reaccionó tan velozmente el presidente Calderón para embonar una tragedia al libreto oficial. Una guerra entre bandas de narcotraficantes ha cobrado nuevas víctimas. Se sabe hoy que no hay indicios que liguen la masacre a la trama gubernamental. Los jóvenes ejecutados no tenían ligas con los cárteles. Las razones de la crueldad se desconocen. A pesar de que el Ejército ocupa la ciudad desde hace meses, sigue imperando la barbarie en Ciudad Juárez. En cuanto recibió los informes pertinentes, el Presidente reaccionó y pidió disculpas a los ofendidos. En su visita a la ciudad se mostró sensible y tuvo el aplomo para recibir reclamos severísimos. Pero, más allá de la reacción pública del presidente de México y de su disposición a escuchar, lo que parece urgente es la reconsideración de una estrategia. Ése es el nuevo tono gubernamental: revisar una política que hasta hace poco era incuestionable. Quien se atrevía a señalar los excesos, las contrariedades o las ineficacias de la política era tachado de inmediato como legitimador del crimen. Quienes se oponen a nuestra estrategia quieren que pactemos con los criminales -se adelantaban a decir en todos los foros. Hoy no tienen más remedio que salir de ese empecinamiento y aquilatar las razones de la crítica. Si Juárez muestra algo es que el despliegue de la fuerza militar no resuelve, por sí mismo, nada. En la ciudad fronteriza, donde es más visible esa intervención, no ha logrado imponer el orden, ganar la tranquilidad para los habitantes ni impulsar la legalidad. La estrategia militarista tuvo un impacto importante en la opinión pública pero no parece estar sentando las bases de una reconstrucción institucional y, mucho menos, de una recomposición del tejido social. El caso de Juárez parece especial precisamente por esa descomposición de las ligas de sociabilidad. Desde hace décadas incuba ahí una catástrofe: la combinación de flujos migratorios, la historia de ilegalidad, la falta de inversión en equipamiento urbano, la ausencia de oportunidades de educación cocinan veneno. El despliegue militar ordenado por el gobierno es un vendaje sobre una herida purulenta. Los instrumentos de la coacción estatal son incapaces de imponer el orden ahí donde las bases de convivencia se han deshecho. Medellín se usa desde hace tiempo como ejemplo de resurrección urbana. Uno de los territorios más violentos del planeta fue recuperado para la vida de sus habitantes. Si hace unos lustros la ciudad colombiana era un espacio sin ley secuestrado por sicarios, hoy se ha convertido en un símbolo mundial de la rehabilitación urbana. No descubro nada al enfatizar las virtudes del urbanismo social por encima de los efectos de la coacción. Para la recuperación de la ciudad importó, desde luego, la caída del gran narcotraficante que sembró durante años el terror en Colombia. Pero tan importante como eso, fueron las hazañas de la imaginación arquitectónica: la integración de una ciudad que se había vuelto intransitable a través de medios eficientes de transporte público; la recuperación de espacios para el caminante que antes era arrinconado por los coches; sitios de encuentro para la gente en donde la cultura aporta dignificación, esperanza y diálogo. La lección parece clara para una urbe como Juárez: inhóspita, desconectada, sin oportunidades educativas para los jóvenes, marcada por el anonimato, la ausencia de pavimento, espacios públicos y color verde. Rehacer Juárez como ciudad debe ser el propósito de la política estatal. Valdría recordar que gobernar es hacer ciudad. Reforma |






