Se acabó Rafael Segovia Considerar normal que se asesine a 15 o 20 personas todos los días, atribuyéndolo al narco, nos dice cómo estamos, quiénes nos gobiernan y en qué cultura nos movemos. Vivimos entre asesinatos como en otros países se mueven entre cines, teatros o museos. Se entiende que las élites de esos otros países, porque el pueblo llano vive entre televisión, la cantina -cuando tiene con qué pagarla- y algún partido de futbol que otro. Decir que el pueblo puede leer o asistir a algún espectáculo no pasa de ser una broma de mal gusto. El pueblo no pasa de ser la masa laboriosa, como dirían los cursis, y mal vivir con los sueldos que se pagan cuando se tiene trabajo, que ya son millones los que no lo tienen. Las empresas cierran o echan a los hombres y mujeres a la calle, a que aumenten la delincuencia organizada. Pero mientras estos hombres y mujeres sin empleo estén vivos, el gobierno se dispone a presentar su plan de reorganización. El señor Calderón ha caído en la cuenta de que hay demasiados diputados y senadores, de que las campañas políticas salen muy caras, de que conviene mantener a estos hombres y mujeres en sus puestos y conviene detener esas danzas trienales o sexenales, donde no hay amigos suficientes para formar gabinetes serios, que no muevan a risa. Va, por consiguiente, a proponer una reforma total de los gobernantes mexicanos. No tocará a la Presidencia, antes bien aumentará su radio de acción. De milagro no propondrá que se le respete más, que se le aplauda su atrevimiento y su valor, en que una parte del Ejército se destine a su cuidado personal y la masa de las Fuerzas Armadas vaya a una lucha interminable contra el narcotráfico, mientras él descansa en un lugar desconocido de la nación por razones de seguridad. Lugar secreto donde el ruido de la gente no llega, por ejemplo, una denuncia mal hecha por Estados Unidos contra cuatro funcionarios corruptos de la Comisión Federal de Electricidad que, pese a haber sido publicada en un diario nacional, se dejó pasar como si tal cosa, sin acuse de recibo, sin contestación, sin nada. Sólo, 15 o 20 días después, se publicó la fotografía de una comida que el director de la CFE ofreció a una señora canadiense donde este mismo director anunció que en México no existía corrupción ni nada que se le pareciera. Menos, añado yo, en la CFE. Así se contestó a la denuncia aparecida en ese mismo diario. No se hizo, más que con mayor complejidad, sino reproducir las contestaciones del gobierno a las acusaciones graves en su contra: el tema se olvida, se aprietan los dientes y se guarda un espeso silencio hasta que el olvido se impone. No se sabe exactamente qué se espera porque México es en este momento un país sin ilusión. Se está en una lucha contra el narco que se traduce, como siempre en este tipo de conflictos, en una falta de elegancia absoluta: nadie se atreve a decir la verdad sobre la muerte del narco que fue abatido por los marines: sólo se nos mostraron unas fotografías horrorosas, con un cadáver semidesnudo cubierto por unos billetes que nadie sabe de dónde salieron, pero que como elemento decorativo dieron la vuelta al mundo y de paso se presentó a este país como un lugar donde se ultraja a los muertos y los asesinatos se multiplican con las familias. No sabemos dónde terminarán estas series sangrientas. La mayor parte de los países latinoamericanos, en este momento envueltos en este tipo de problemas, pero cuanto vemos en ninguno encontramos las connotaciones que encontramos aquí, la mezcla de resignación y tristeza que se encuentra a cada paso, el convencimiento advertido en las conversaciones, el desprecio por el poder que va del policía de la esquina a las más altas autoridades. No se salva nadie. Los estudiantes universitarios, los más brillantes, aquellos por quienes se podría apostar todo, sólo esperan recibir sus títulos para irse al extranjero donde esperan un tipo de vida ajena a la vida mexicana. Con estos sentimientos y este convencimiento va a terminar el año, con las palabras del señor Calderón que considera el 2009 como un año duro, pero que nos lo dice como si él no tuviera que ver en este asunto. Nada que decir de los miles que cesaron en su trabajo en Luz y Fuerza del Centro; nada que ver -más que un jefe de bomberos- en la muerte, ¡de qué manera!, de los niños de una guardería, mientras él venía, como otro cualquiera, a congraciarse con los intelectuales en el entierro de un investigador distinguido, y mil posiciones más de un hombre que no sabe cómo actuar en un país donde llegó a la Presidencia de rebote, sucediendo en el cargo a algún nocivo desde cualquier punto de vista. En fin, con las tortillas a un precio inadmisible, si los habitantes se quejan de no poder pagarlas, que compren brioches. Cuando se dijo esto, poco después estalló la Revolución Francesa. Reforma |






