El talón de... Enrique René Delgado Justo en el momento de su mayor fragilidad -cuando ya no es gobernador y tampoco candidato oficial- Enrique Peña deja ver su talón de Aquiles. Los cuatro pilares de la plataforma que armó para lanzar su candidatura presidencial muestran fallas que, de no corregirse rápida y eficazmente, debilitarán su aspiración y ambición política. Hoy, esos pilares no muestran la solidez necesaria para amparar la pretensión de Enrique Peña y, en más de un caso, la inversión política realizada no arroja el dividendo esperado. La presencia de Humberto Moreira en la dirección del PRI más pronto que inmediatamente pasó a convertirse en un pasivo político. La apuesta del peñismo por el coahuilense partía de la idea de obtener cuatro beneficios: uno, controlar la estructura del partido; dos, equilibrar el discurso político entre el dirigente y el precandidato; tres, acercarse a lideresa del magisterio, Elba Esther Gordillo; y, cuatro, desestabilizar al panismo a partir de cierta rijosidad política y atajar, así, los obuses contra el precandidato mexiquense. Las cosas, empero, no se dieron como estaba previsto. La misma ceremonia en que Moreira asumió la dirección del partido echó por tierra la idea de acreditar "a una nueva generación de políticos priistas". En la liturgia y el discurso, Moreira dejó ver la nostalgia por los usos y las costumbres de un priismo irrepetible. Si bien, después, Moreira consiguió llevar al calderonismo donde lo quería tener y desestabilizarlo a partir de la provocación, de inmediato se vio impedido para mantenerlo ahí. Los negocios aparentemente de Vicente Chaires Yáñez, su colaborador cercano, le abrieron un flanco que no supo resolver y, luego, el bárbaro endeudamiento en que, bajo engaños y falsificaciones, su gobierno dejó a Coahuila acabaron por vulnerar su autoridad dentro y fuera del partido. Hoy, el peñismo sabe que la presidencia de Humberto Moreira en el PRI es insostenible. Sabe eso como también la dificultad de operar el relevo sin entrar a negociar con Manlio Fabio Beltrones. Los apuros del veracruzano Javier Duarte -destapador oficial de la candidatura de Enrique Peña- para consolidarse como gobernador están perjudicando al mexiquense. Si Humberto Moreira reabrió el capítulo de la irresponsabilidad en el manejo de las finanzas públicas como un ingrediente inherente a la subcultura priista, Duarte está reabriendo el capítulo del autoritarismo y la impunidad como un modo de ser priista. Las odas de Duarte al uso de la fuerza y la violencia como el mejor recurso para acabar con la criminalidad hacen del diazordacismo un niño de pecho frente a la fascinación que a él provoca el sonido de las ráfagas de los fusiles. Otro gobernador, con el emblema priista tatuado en el corazón pero sin credencial vigente, apoyado por el peñismo es el guerrerense Ángel Aguirre Rivero. Cuando el peñismo vio que a Manuel Añorve se le iba Guerrero, viró y apoyó a Aguirre Rivero quien, a la par de Duarte, da muestra de incapacidad para gobernar y controlar en lo posible la violencia criminal. Y, desde luego, otro gobernador que constituye un pasivo del peñismo es el regiomontano Rodrigo Medina, que en estos días respira gracias al resbalón de Acción Nacional y al cinismo del presidente municipal en Monterrey, Fernando Larrazabal. Entre esos gobernadores que debilitan las posibilidades del peñismo asombra Eruviel Ávila. El gobernador mexiquense tiene una dura tarea para no vulnerar la pretensión de su antecesor y, sin embargo, arrancó su gestión proponiendo endurecer las penas contra la delincuencia. De nuevo el recurso de la fuerza y el castigo como filosofía anticrimen. Desde luego, suena bien darle cadena perpetua a homicidas, secuestradores, violadores... pero, en el fondo, es validar la estrategia del calderonismo y empeñar las finanzas públicas para sostener de por vida a reos que, supuestamente, nunca más sabrán lo que es la readaptación o la libertad. Esos gobernadores, claves en el mapa electoral o empresarial del país y, por lo mismo, en la pretensión de Enrique Peña, lejos de amparar a su candidato lo están desamparando. La fuerza de Arce en el Distrito Federal no es la prevista y eso coloca en un problema la idea de postular a Beatriz Paredes para la capital de la República porque, simple y sencillamente, carece de la estructura partidista necesaria para hacer el uno-dos soñado. Y, está por verse, entonces, qué hará el peñismo en una plaza fundamental, política y electoralmente, como lo es el Distrito Federal. Esto sin mencionar que la alianza con el partido de la profesora Elba Esther Gordillo no ha logrado concretarse y vaya que ese apoyo es clave para Enrique Peña. En todo caso, el peñismo está dejando ver su talón de Aquiles justo cuando el reloj electoral exige acelerar y apretar el paso. A lo largo del mes que hoy inicia, Enrique Peña tendrá que demostrar que, además de figurar, es un político con capacidad de operar los ajustes en los cuatro pilares de su plataforma de lanzamiento. Proceso |





