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El apapacho gabacho

Juan E. Pardinas

El presidente Felipe Calderón fue a Washington para recibir el mejor trato y deferencia de las autoridades norteamericanas. La Casa Blanca y el Congreso le rindieron los máximos honores a los que puede aspirar un jefe de Estado extranjero en la capital norteamericana. La visita de Estado salió bien bonita, hubo una cena de gala, apapachos protocolarios y salvas de artillería. Felipe Calderón volvió a México con recuerdos muy gratos, pero con las manos vacías. El viaje tuvo un alto valor simbólico, pero no se lograron acuerdos sustantivos.

Carlos Salinas de Gortari les vendió a los vecinos la idea del Tratado de Libre Comercio. En el sexenio de Salinas, México construyó una narrativa sobre lo que debería ser el futuro de América del Norte. Esa visión inyectó esteroides a la relación comercial. Entre 1994 y 2008, las exportaciones mexicanas a Estados Unidos se multiplicaron por cinco. Hoy México no tiene una visión de largo plazo que ofrecer en Washington. No hay un plano arquitectónico de los nuevos puentes que acercarán a nuestras sociedades y economías. El discurso de Calderón ante el pleno del Congreso estuvo diseñado para agradar a la opinión pública mexicana, pero no para presentar la visión de un porvenir compartido. La verdadera audiencia de sus palabras no eran los legisladores norteamericanos, sino los paisanos en ambos lados de la frontera.

La cruel y absurda ley de Arizona es un agravio para México y una amenaza para los 400 mil compatriotas que viven en esa entidad de la Unión Americana. Como jefe de Estado, Felipe Calderón tenía la obligación de encarar el tema. Sin embargo, el mensaje presidencial no tuvo mayor ambición que el reclamo. El presidente mexicano se quejó por la venta de armas de fuego que llegan a manos criminales en nuestro país. En menos de 24 horas, la Casa Blanca aseguró que no tiene ninguna intención de enviar una iniciativa para restringir la venta de armas. Calderón sabía que su exigencia entraría en oídos sordos, aun así decidió convertir la recriminación en uno de los ejes centrales de su discurso. La influyente publicación Político resumió el discurso con el siguiente encabezado: "Calderón golpea a Estados Unidos desde el pleno del Congreso" (Calderon hits U.S. from House floor).

Una niña que cuestionó a Michelle Obama sobre el trato a los inmigrantes sin papeles hizo más por la reforma migratoria que todos los mensajes de Calderón. Frente a cámaras y micrófonos, la pequeña le dijo a la primera dama de Estados Unidos: ¡Mi mamá no tiene papeles! La voz y la imagen de la niña de primaria tuvieron mucho más rating que las palabras del Ejecutivo mexicano.

La agenda de reclamos del presidente Calderón recibió el entusiasta aplauso de Beatriz Paredes y del senador del PRD Carlos Navarrete. Nada unifica tanto a la clase política mexicana como la oportunidad de pintarle un violín a los gringos. El senador Navarrete aprovechó el viaje para pedirle a la comunidad latina que vote por el Partido Demócrata en las próximas elecciones legislativas. Imaginemos cómo reaccionaría la opinión pública mexicana, si en el 2012 nos visitara el presidente del Senado de Estados Unidos y pidiera frente a la prensa que los mexicanos votaran por el PAN. Sospecho que habría reacciones más intensas que la indiferencia de los gringos ante la opinión injerencista del senador perredista.

Los grandes temas de la agenda bilateral, migrantes, armas y drogas, opacaron asuntos menos visibles pero con mayor posibilidad de lograr acuerdos concretos: la posibilidad de que ciudadanos gringos usen su seguro de salud en hospitales mexicanos, programas de capacitación a policías mexicanos por parte de oficiales norteamericanos, liberar los permisos para que choferes mexicanos puedan manejar sus camiones en carreteras de Estados Unidos. Este tipo de iniciativas ayudarían a tener un México más próspero y seguro, pero no son la materia prima de un discurso inflado y autogratificante.

Reforma
23/05/2010

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