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Juárez y la Biblia de guerra

Juan E. Pardinas

En un discurso pronunciado frente a miembros del Ejército norteamericano, el presidente John F. Kennedy afirmó: "Ustedes (los soldados) deben saber algo de estrategia, táctica y... logística, pero también deben saber de economía, política, diplomacia e historia. Deben saber todo lo necesario sobre el poder militar, pero también deben tener muy claros los límites del poderío militar... Muy pocos problemas de nuestro tiempo se han resuelto exclusivamente por la fuerza bélica".

La cita de Kennedy refleja el espíritu de un libro que se ha convertido en la Biblia del Ejército de Estados Unidos estacionado en el Medio Oriente. El texto no tiene título de bestseller: Manual de Contrainsurgencia, en la jerga militar gringa también se le conoce como el Army/Marine Corps Field Manual 3-24. Uno de los autores del volumen es David Petraeus, el jefe de operaciones del Ejército de Estados Unidos en 20 países, incluyendo Iraq y Afganistán. El general Petraeus transformó el sentido común en una doctrina militar: el esfuerzo bélico no tienen futuro si no se gana el corazón, la mente y la lealtad de la población. La estrategia de Contra-Insurgencia (COIN) necesita un ejército de soldados entrenados y equipados, pero también requiere de batallones de maestros de primaria, trabajadoras sociales, doctores e ingenieros.

¿El Manual de Contrainsurgencia tiene alguna moraleja relevante para enfrentar la violencia en Ciudad Juárez? Probablemente de algo sirva. La estrategia militar-policial del gobierno federal debe encontrar un asidero de apoyo y legitimidad social entre la población. El problema de Ciudad Juárez no se debe interpretar como una confrontación bélica contra el crimen organizado sino como un esfuerzo por reconstruir la autoridad del estado mexicano.

En algún punto del territorio de Chihuahua, la fuerza de las autoridades legales se desvanece hasta la nada. Ese vacío es ocupado por la soberanía de la violencia y la impunidad. No es una situación de anarquía sino una nueva forma de gobierno, donde el poder lo ejercen comandos armados en caravanas de la muerte. Las autoridades formales en el municipio y la capital del estado funcionan como un patético montaje escenográfico.

Si mañana se aplica la estrategia del general Petraeus en Ciudad Juárez será una acción positiva, pero sus efectos sólo se sentirán en el mediano y largo plazos. No hay un remedio súbito para sanar a una ciudad devastada por la brutalidad crónica. Sin embargo, el primer paso para resolver un problema es reconocer la realidad. La industria de las extorsiones ya reemplazó al código fiscal. El crimen organizado se anticipó al Senado de la República para decretar la desaparición de poderes. Los asesinos de 15 adolescentes ya impusieron la cancelación de las garantías individuales. Antes que el presidente Calderón, el miedo y la violencia ya declararon el estado de sitio.

En la revista Nexos (agosto de 2009) Charles Bowden narra la historia de un matón a sueldo con un currículum de 250 asesinatos. ¿Cómo inició su carrera de sicario? Era policía de Ciudad Juárez. Un colega de uniforme lo enganchó en el oficio de quitar la vida. Suponer que el gobierno municipal o la policía local son parte de una eventual solución es la mejor manera de prolongar el problema.

Ciudad Juárez requiere de guarderías y programas de empleo temporal, pero también urge una corporación policiaca que sólo responda al interés colectivo. Esta guerra necesita de toda la fuerza del Estado mexicano, no sólo encarnada en un batallón de policías armados hasta los dientes, sino también en un escuadrón de visitadores de la Comisión de Derechos Humanos. El monopolio legítimo de la violencia se debe recuperar con la fuerza del derecho. ¿Qué ocurriría con México si la crisis que vive esta ciudad de Chihuahua se expandiera a otros territorios y zonas urbanas? El futuro de la República se juega en Juárez.

Reforma
07/02/2010

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