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¿Justicia o venganza?

Sergio Muñoz Bata

La muerte del enemigo público número uno de Estados Unidos obliga a una reflexión sobre la justicia y al análisis sobre sus posibles consecuencias.

Confieso que el júbilo que la muerte de Osama Bin Laden ha causado en muchas partes del mundo, y no sólo en Occidente, me produce reacciones encontradas. Creo, sin embargo, que en su discurso del domingo por la noche el Presidente Barack Obama fue muy convincente al presentar la acción militar como un caso de justicia, no de venganza.

Dudo mucho en la sinceridad de las palabras del asesor presidencial, John Brennan, en el sentido de que les hubiera gustado capturar vivo a Bin Laden. Pero en casos como este, me imagino que sólo un necio exigiría que antes de entrar a fuego y sangre al cuartel de Bin Laden, el comando estadounidense debió leerle sus derechos y presentarle una orden de aprehensión emitida por un juez en Islamabad. Esto no significa que no lamente yo que a Osama no se le haya sometido a juicio en los tribunales, significa simplemente, que estoy convencido de que esa no era una opción real.

Por otro lado, aunque puedo entender perfectamente bien los sentimientos de los familiares de las víctimas de Bin Laden y de quienes se sintieron agredidos por sus acciones -su deseo de que se hiciera justicia y su necesidad de cerrar ese doloroso capítulo en sus vidas-, las imágenes de la gente bailando en las calles para celebrar la muerte de una persona no dejan de parecerme macabras.

Establecer la responsabilidad de Osama como autor intelectual del asesinato de miles de personas en atentados terroristas en Estados Unidos, India, Filipinas, el Golfo de Adén, Indonesia, Turquía, España, Gran Bretaña, Madrid, Londres, Egipto, Argelia, Afganistán, Pakistán e Irak no es, en teoría, un asunto difícil. Basta con ver los videos en los que el propio Osama voluntaria y orgullosamente hace alarde de sus crímenes. Muy probablemente con eso habría bastado para condenarle en un tribunal de justicia.

También estoy convencido de que a Osama se le debería haber juzgado con todo el rigor de la ley por el daño que su distorsionada visión del islamismo causó a la inmensa mayoría de los musulmanes que hoy tienen que sobrevivir bajo sospecha por las crímenes que un fanático cometió en su nombre. Y tampoco podemos ni debemos olvidar los enormes trastornos y pérdidas que su fanatismo ha traído a las vidas de todos aquellos que nunca tuvimos nada que ver con sus delirantes reclamos.

Desafortunadamente, la muerte de Bin Laden no significa que la amenaza del terrorismo se ha esfumado. Según la firma Stratfor, "tácticamente, la muerte de Osama bin Laden no tendrá mucho impacto en el movimiento yihadista". Queda por dilucidar cuál será la actitud de los árabes, pues si bien para muchos Bin Laden era un asesino, para otros era el líder de la lucha contra la ocupación estadounidense en Irak y Afganistán. Más aún, dada la turbulencia política actual en el norte de África, todavía no sabemos cuáles serán las inclinaciones políticas de quienes ocuparán los puestos de poder en Egipto y Túnez y los demás países en revuelta. Se le cortó la cabeza a la serpiente principal, pero agazapadas esperan su turno nuevas víboras que intentarán afligirnos con nuevos atentados que seguramente se cobrarán las vidas de miles de personas inocentes.

Para Obama, la espectacularidad del golpe que de tajo acabó con el indiscutible enemigo público número uno de Estados Unidos ha sido una bendición. Primero porque la acción militar parece haber sido impecable. Se logró el objetivo y ni uno solo de los militares estadounidenses que participaron en el asalto resultó muerto, ni siquiera herido, según los reportes iniciales.

Pero no solo eso, el logro de la operación militar ha levantado su alicaída popularidad justo en el momento en el que está empezando su campaña por la reelección presidencial en 2012. Por otro lado, la muerte de Bin Laden le facilita la retirada de las tropas estadounidenses en Afganistán y prueba la validez de su estrategia. Y si a estos triunfos en materia de política exterior le aumentamos su decisión de unirse a los aliados europeos para atacar a los ejércitos de Muammar Gaddafi en Libia, su reputación como comandante supremo de las fuerzas militares se agiganta.

En términos electorales, los actos de Obama desvanecen la idea de que la seguridad del país se debilita cuando los demócratas están en el poder. Y por si todo esto fuera poca ganancia, la agrandada figura de Obama y de su equipo de política exterior hacen resaltar aún más, la inexperiencia en política exterior de los punteros para la candidatura del Partido Republicano a la presidencia, Mitt Romney, Tim Pawlenty, Donald Trump, Sarah Palin y Newt Gingrich.

A dos años de la elección sería un grave error asumir que la eficacia de esta operación militar será definitiva. La elección la ganará quien convenza al electorado de que tiene la fórmula para disminuir el desempleo y reactivar la economía. Por lo pronto, este momento de gloria nadie se lo puede quitar a Obama.

Reforma
05/05/2011

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