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Libre

Carlos Elizondo Mayer-Serra

En la Ciudad de México es imposible saber si un taxi va libre. Peor en la noche cuando no se puede ver quién va dentro. Pocos taxistas indican con el letrero correspondiente si traen pasajeros o van libres. No hay disciplina ni interés por hacerlo. El reglamento marca como obligatorio poner la banderilla en su lugar, pero es una regla más de las muchas en esta ciudad que en la práctica son opcionales.

En el pasado se sabía si un taxi venía libre. Para activar el taxímetro el chofer debía mover la banderilla y automáticamente esto indicaba que el taxi estaba ocupado. La tecnología de entonces disciplinaba. Cambió el modelo de taxímetro y a nadie se le ocurrió ligar su encendido con el apagado o prendido de un foco que indique el estatus del taxi. Los que deciden en estos temas seguramente no usan taxi. No es tecnológicamente complicado vincular al taxímetro con el estatus del taxi. Esto existe en muchas ciudades, pero acá somos distintos.

Problema menor, se dirá. Sin duda es sólo una lata más de vivir en una ciudad desordenada y donde el reglamento de tránsito importa poco. Sin embargo, es representativa de varios problemas. El primero es nuestro poco interés por hacer las cosas de la manera más práctica posible. Para qué tener a los usuarios manoteando inútilmente en la calle, si hay formas de indicar si el taxi está libre o no. En muchos temas hacemos que los ciudadanos gasten tiempo por no ser más racionales en el diseño de nuestras políticas públicas. Muchas veces esto es así porque introducir las mejores prácticas afectaría a algún grupo poderoso. Sin embargo, muchas otras veces lo impráctico se explica por mero desinterés de quienes diseñan las políticas públicas y por el predominio de ciudadanos tolerantes o apáticos. En Singapur estudian qué funciona mejor en otro lugar y lo tratan de mejorar. En México de nada sirve la experiencia ajena. Nos sentimos únicos, y en eso nos hemos ido convirtiendo.

El segundo problema que muestran los taxis capitalinos es nuestra indisciplina generalizada. No hay rigor alguno. Por ejemplo, el uso de las direccionales de los automovilistas es también opcional. Puedo entender no usarlas en un cambio de carril, anunciar el movimiento puede darle información al enemigo, es decir, al auto de junto que buscará no dejarte pasar. Sin embargo, cuando se trata de entrar a un estacionamiento y el de atrás te puede chocar es absurdo no señalarlo. Muchas veces ni en esa circunstancia el automovilista pone su direccional.

La ciudad es un caos que en diciembre florece por exceso de coches y obras permanentes que quizás algún día nos permitan circular mejor. Pero también por la tolerancia infinita con la que se aplican las reglas más elementales. Mucho del tráfico es por autos mal estacionados, muchas veces con chofer y guaruras, los cuales suelen hacer lo que quieren. Para eso traen armas y tienen patrones influyentes. Muchos otros de los nudos son por vueltas a la izquierda donde algunos no se forman en la cola, sino que para dar la vuelta bloquean toda la circulación.

Hace un par de décadas se respetaban más las reglas, como las vueltas prohibidas, los semáforos y los lugares de estacionamiento. No había tampoco una policía honesta, pero por cobrar su mordida nos amagaban con aplicar el reglamento, para luego, junto con nuestra complicidad, violarlo al pedir dinero a cambio de no levantar infracción. La policía sigue siendo corrupta, pero parece ya no importarle el cobro de la pequeña mordida, su atención debe seguramente estar en otros negocios. En sus narices uno puede hacer casi lo que quiera, sobre todo con un buen auto, más fácil aún si se trae chofer o guaruras.

Curioso que haya sido el actual jefe de Gobierno de la Ciudad de México quien trajera a Giuliani en la administración anterior, cuando era secretario de Seguridad Pública, para implementar un programa de tolerancia cero. Esto fue en 2003. Hoy somos aún más laxos que entonces. Todo quedó en buenos propósitos decembrinos y en mucha publicidad, amén de unos jugosos honorarios para Giuliani.

No me parece que todo tiempo pasado sea mejor, pero terminadas estas fiestas, un buen deseo de año nuevo sería el que la autoridad ponga reglas razonables y asegure su cumplimiento. La sociedad puede ayudar respetándolas, aunque la mera voluntad personal no es suficiente. Cuando no le pasa nada a quien da la vuelta prohibida, muy pronto todos estamos cometiendo la misma infracción. Es un mundo libre, pero este tipo de libertad lleva al caos como el que hemos vivido nuevamente este diciembre.

Reforma
23/12/2010

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