Wilma: la enseñanza, la crisis y las mañas
Por Hugo Martoccia
La bruma post Wilma comienza a disiparse; es la hora de los primeros análisis. En el gobierno del estado van surgiendo las primeras voces de autocrítica, tímidas. También ha ganado a varios corazones oficiales una desazón compartida: Quintana Roo ha quedado en un estado de fragilidad inédito, del cual no se saldrá sin un fuerte y decidido apoyo de la Federación.
Ningún análisis puede obviar alguna de las caras de la realidad. Hubo muchas cosas que se hicieron mal antes, durante y después del huracán. Los saqueos, el desorden para evacuar y repartir despensas, y la morosidad del estado para controlar esas situaciones, fueron acaso lo peor de esta contingencia.
La otra cara de la moneda tiene que ver con el saldo blanco en vidas humanas (como pérdidas humanas atribuibles directamente al huracán y a la imprevisión del estado) y la velocidad de la normalización de la vida en el norte del estado. Alguien podría querer sumar a este capítulo la velocidad de la reconstrucción, pero aún no es tiempo de hacerlo. La reconstrucción es aún un mero enunciado; su materialización requiere de un paso que aún no se ha dado.
“Los saqueos fueron culpa nuestra”, dijo un funcionario estatal que escapó al conformismo de llevarle sólo buenas noticias a su jefe. Igualmente, sólo respondió con los ojos cuando se le preguntó si aceptaba esa culpa también en el reparto de despensas o el manejo de los refugios, que bordeó el caos. Este último tema aborda una historia antigua en el estado, que no escapa a la política y sus mañas.
Una fuente inobjetable de la hotelería reconoció que horas antes de que el huracán tocara las costas del estado, varios hoteles se negaban a evacuar porque se creían refugios. Nunca nadie les explicó que un huracán como Wilma, que en algún lugar de su trayecto hacia la península se transformó en el ciclón más grande de la historia, no respeta ningún espacio de la zona hotelera.
¿Cómo puede ser que un hotelero no conozca esa obviedad? Simple. Los tratos entre los hoteleros y los políticos siempre se decidieron en oficinas cerradas donde los apoyos económicos hacia las campañas electorales fueron la moneda de cambio para la impunidad. Entre muchos otros errores, esa actitud generó que las políticas de protección civil nunca fueran más que un formalismo.
El resultado quedó de manifiesto en la noche en que Wilma surcaba con mayor furia el cielo quintanarroense. Cientos de turistas debieron salir atados del gimnasio Kuchil Baxal, porque el techo se había volado. Otros pasaron horas o días sin alimento adecuado.
Hay que dividir el tema. El estado cumple con la tarea de salvar la vida de las personas; la industria hotelera debería garantizar condiciones mínimas de confort para esos turistas que pagaron cientos de dólares por estar aquí. Cada hotel debería haber supervisado y adecuado su refugio. No lo hicieron, y el efecto fue aquél desorden.
En Benito Juárez el manejo de los refugios alcanzó una improvisación inédita. Este municipio se llevó otra dudosa medalla con el manejo del reparto de despensas y apoyos, desorden que aún no ha terminado. Las despensas se juntan en galpones; las láminas llegan y su entrega se demora; las órdenes de reparto cambian de dirección una y otra vez; la gente se anota en listas diversas para recibir ayudas que nunca llegan.
¿Por qué tanto desorden? Porque la transparencia no es bienvenida cuando las intenciones finales son tan poco claras. Ningún discurso del alcalde Francisco Alor o del director de Participación Ciudadana, Julio Durán, esconderán la realidad cotidiana de que la estructura del PRI lucra políticamente con el reparto de despensas.
El Gobierno del estado tampoco hace gala de transparencia cuando se intenta desentrañar la profundidad de la crisis. ¿No hay datos reales sobre desempleo? ¿Nadie puede dar el número exacto de contratos no renovados en zona hotelera? ¿Quien reconocerá que hay despidos? ¿Quién dirá que, aun cuando no los haya, las condiciones de vida de los propineros se han deteriorado considerablemente, y la recuperación será lenta y dolorosa?
La meta del 80 por ciento de los cuartos de Cancún abiertos para el 15 de diciembre no merece siquiera un comentario, pero ¿Quién reconocerá que si acaso funcionara el 50 por ciento de esos cuartos, seguiríamos dentro de una crisis importante? “No podemos dar esa información”, se justificó un empresario, sincero, ante la evidencia. Se ha privilegiado un pacto de apariencias con el gobierno estatal para desmentir cualquier versión que aluda a una crisis de dimensiones considerables.
Alguien alrededor del gobernador Félix González Canto lo ha convencido de que una fotografía con el agua hasta las rodillas en Valladolid Nuevo será suficiente para sosegar el malhumor social. Un político opositor desacredita esa estrategia. “La gente en las colonias insulta a los funcionarios, a los políticos, nos han perdido el respeto”, cuenta. Un peligroso divorcio entre la sociedad y sus autoridades podría estarse gestando detrás de los halagos y las burdas estrategias del dinero.
Más allá de la crisis, acaso no tan allá, la política empieza a meter la cola. Tres o cuatro funcionarios comienzan a preocuparse más por ver sus nombres rodeados de elogios en las páginas de los periódicos que por cumplir sus encargos. A Félix González, mientras tanto, lo desvela la falta de recursos y la posibilidad de que su proyecto de gobierno naufrague por esta contingencia.
Su destino político se juega entre una realidad que no perdona, y entre algunos funcionarios apáticos y ambiciosos cuyo único mérito es responder con eficacia “sí señor” cuando se los requiere.
Voz del Caribe
14/11/2005 |