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¡Calladita, Lupita...!

Guadalupe Loaeza

"Un diablo fue a golpear a la puerta de un cenobio y vino un joven a abrirle. El demonio, al verle, dijo: Si estás tú aquí no hay necesidad de mí".

Dicho popular de los padres del desierto

Estaba por terminar una plática, solicitada por un grupo de señoras, en el hotel Presidente Chapultepec, cuando de pronto veo aparecer a la prima hermana de mi madre. Con mucha discreción tomó asiento en una de las últimas sillas del auditorio. Las dos nos sonreímos, a lo lejos. Confieso que me llamó la atención verla allí, siendo una persona mayor y un poco enfermiza, procuraba no salir mucho de su casa. Una vez que terminé de firmar los últimos ejemplares que se habían puesto a la venta a la entrada del salón, mi tía, apoyada sobre su bastón, se encaminó por el corredor que separaba la sillería, seguida por su enfermera personal, y con una voz entrecortada me dijo poniendo su dedo anular sobre sus labios: -Calladita, Lupita, calladita...

De inmediato comprendí a qué se refería la recomendación que me hacía con tanto fervor, la prima de mi madre. Esa mañana había publicado, en este mismo espacio, un texto titulado "Ay, Santo Padre", en donde abordaba "un número de testimonios por abuso sexual en contra del padre Marcial Maciel, máxima autoridad de los Legionarios de Cristo".

-No, tía, ya no podemos callar esas atrocidades, sería como solapar a alguien que ha hecho mucho daño a muchos niños y jóvenes. Precisamente porque el Vaticano y la iglesia mexicana se mantuvieron calladitos durante tantos años, no obstante las denuncias de las víctimas, Maciel continuó haciendo de las suyas...

Entre irritada y enternecida, mi tía me miró y repitió la consigna:

-Yo sé lo que te digo, Lupita, tú calladita...

Nos despedimos. Ella, cabizbaja, implorando silencio y yo, mirando la ciudad a través de los grandes cristales del hotel, con ganas de abrir las ventanas y a los cuatro vientos gritar lo publicado en mi texto.

Corría el mes de julio del 2002.

Entonces, muchos sectores de la sociedad mexicana, especialmente los ricos, preferían mantenerse, respecto a las acusaciones de Maciel, bien calladitos, a pesar de que ya en 1997, en el Canal 40, se habían transmitido las primeras denuncias acerca de los abusos sexuales de Maciel. Era evidente que los Legionarios de Cristo reaccionarían con "todo el poder de su firma", con todo el poder de su dinero, pero sobre todo, con todo el poder de su apoyo incondicional en relación con los otros legionarios, es decir, los empresarios, los banqueros y los dueños de grandes consorcios: Ya no más anuncios en esos canales donde se mencionen esas habladurías. El padre Maciel ha formado a nuestros hijos, a generaciones de jóvenes. Como dijera el mismo papa, Juan Pablo II, el fundador de Los Legionarios de Cristo: "es un guía eficaz de la juventud". Fue tanta su indignación que cuentan que hasta Javier Moreno Valle, el dueño del canal, había sido amenazado.

Antes que la verdad, los ricos mexicanos, especialmente los que invirtieron grandes sumas en la congregación de Los Legionarios de Cristo, ejercen la doble moral, la hipocresía y la negación de la verdad. Prefiero acordarme de las cosas buenas del padre Maciel, que de las malas que ahora le están inventando, aseguran no sin buena fe. ¿A cuántos de ellos no los casó? ¿Cuántas veces no les hizo el "honor" de bautizar a sus hijos, de darles la primera comunión o de atenderlos personalmente, cuando tenían uno que otro problemilla con la adolescencia de sus muchachos? "¡Era un tipazo!" "Parecía un santo". "Lo único que quieren esos muchachos que se dicen sus hijos es lana...". "Con todos los problemas que hay en el país, para qué dedicarle tanto tiempo a un sacerdote, que tenía sus defectos y sus cualidades, como cualquier ser humano". "A sus detractores, habría que decirles: 'El que esté sin pecado que tire la primera piedra...'".

Hablando de millonarios me pregunto qué habrá pensado el cardenal Norberto Rivera Carrera (el más grande encubridor de Maciel) mientras daba su homilía en la Catedral el domingo pasado, Día de la Familia (¿la de José Rivas, como se hacía llamar Maciel frente a su familia compuesta por tres hijos?), cuando súbitamente fue interrumpido por tres ciudadanas que no quisieron quedarse calladitas. "¡Juicio a los padres violadores y a sus encubridores!", le gritó la activista Julia Klug, desde afuera de la Catedral Metropolitana. Una vez que Norberto se dirigió hacia el atrio, resguardado por elementos de la policía capitalina, se escuchó otro grito: "El caso Maciel no debe quedar impune", clamaba Graciela Mejía, una de las manifestantes.

Que quede bien claro, respecto a la monstruosidad del caso criminal de Marcial Maciel, no nos vamos a quedar ni calladitos, ni mucho menos calladitas. Al contrario, seguramente, a partir de ahora, el cardenal Norberto ya no podrá decir sus homilías en paz, no faltará una voz masculina o femenina que le recuerde a gritos: "¡Juicio a los padres violadores y a sus encubridores!".

Reforma
09/03/2010

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