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La campaña y el futbol

Rafael Ruiz Harrell

El próximo martes, al concluir el debate, la campaña por la Presidencia de la República llegará también prácticamente a término. Seguirán difundiéndose algunos spots televisivos y los candidatos continuarán, como siempre, haciendo declaraciones torpes o agresivas, pero el futbol, en su exaltada versión mundial, se habrá adueñado de la conciencia pública demostrando que en la jerarquía de los intereses colectivos importa más su majestad el gol que la campaña electoral.

Aunque la pasión futbolera me es del todo ajena y no me interesa en nada saber quién pierda o quién gane, reconozco que más allá de la enajenación colectiva propia de tales competencias, es más interesante seguir la próxima saga deportiva que perder el tiempo enterándose de los ires y venires de nuestros lamentables candidatos. Lo digo no sólo por las limitaciones que los aquejan -fuera de oír balbucear a López O., el próximo martes ¿qué más podrá haber en el segundo debate?-, ni tampoco por el infantil nivel de corrupción y soborno que le han impuesto a sus campañas -"vota por mí y bajaré el precio de las palomitas en los cines"-, sino porque la política, o al menos la nuestra, ha olvidado por completo el valor y el entusiasmo que hacen tan apasionante al deporte. Me refiero, por supuesto, al afán de ser en algo los mejores.

Quien revise los discursos de campaña de Madrazo, Calderón o AMLO y conserve viva alguna neurona tras el esfuerzo, terminará por advertir que nuestra vida política tiene, entre muchas otras, una carencia que resulta francamente dolorosa: ninguno de los presidenciables ha llegado a incluir en el catálogo de sus inquietudes la simple pregunta de cómo podemos ser mejores en algo. Para ellos lo importante es ensordecernos con promesas sobre lo que vamos a ganar; los millones de empleos que crecerán a su conjuro; el bienestar que nos espera a la vuelta de una esquina que sólo ellos conocen; cómo llegaremos corriendo a un mundo sin inseguridad ni pobreza si ellos nos guían. Lo que no hay, ni siquiera en calidad de duda, es cómo podemos ser mejores como nación y como personas.

En cambio en el futbol, tanto en la concreta realidad del gol como en el universo simbólico, casi totémico, que establece una identificación entre cada nación y su equipo, eso es precisamente lo que importa: ser los mejores, tener los mejores jugadores, lograr el mejor desempeño. En la cancha y ante el balón no interesa el monto del producto interno bruto; el nivel de los índices delictivos; la inequidad en los salarios. Se puede vivir en la prehistoria del subdesarrollo, en la vanguardia industrial o en el eterno purgatorio de los países condenados a estar por siempre en vías de algo -como el nuestro-, pero en el engramado sólo cuentan el esfuerzo humano, la coordinación, la entrega que hace a un equipo mejor a otro. El futbol no sólo es más entretenido que nuestros candidatos: humana y moralmente es también más valioso -afirmación que quizá merecería el aval de Homero.

Lo destaco porque en las campañas políticas que hemos venido padeciendo, no hay interés alguno por averiguar si podemos lograr que nuestra sociedad sea más equitativa o más justa. Por descubrir si podemos reforzar la solidaridad o mejorar la cooperación, la entrega a un fin común, la calidad del esfuerzo. En ciego afán desarrollista, se nos promete aumentar los recursos nacionales -incluyendo, mágicamente, los no renovables, como las reservas de petróleo-, y hacer crecer la economía a tal grado que la justicia y la equidad caigan por sí solas -así históricamente siempre ocurra lo contrario-, sin que tengamos que mudar en nada, como si en todo fuéramos los mejores.

Si los candidatos fueran capaces de traer al escenario político algo del limpio entusiasmo del futbol y, en lugar de pretender comprarnos con cataratas de promesas, se hicieran las preguntas propias de los buenos entrenadores -¿qué hago para tener un mejor equipo? ¿en qué les falta entrenamiento? ¿cómo consigo que funcionen mejor como grupo?-, no sólo nos serían más asequibles los ideales que ocultan las promesas, sino que conseguiríamos también ser un país más justo, más progresista, más competitivo.

Es imposible dotar a nuestra política de algún valor que exceda a los propios del mercado y salvarla de su mediocridad, si no recuperamos esas dudas y nos preguntamos, nuevamente, cuándo y cómo llegamos a ser cabalmente humanos; en qué consiste serlo: en qué condiciones podemos llegar a ser mejores. La respuesta no oculta secreto alguno. Todos los pasos del proceso fueron descubiertos siglos atrás y cada nuevo siglo los descubre nuevamente: sólo se adquiere plena y cabal dimensión humana al servir a los demás, al trabajar por ellos, al defenderlos, al procurar su bienestar. Platón y Spinoza, Hobbes y Locke, Rousseau y Marx, Dahl y Rawls, no emplearán los mismos términos, pero el descubrimiento que nos comunican es el mismo: un gobierno, un país, sólo sirven en el grado en que son capaces de mejorar a su población y servir a su gente.

La conclusión a la que conduce nuestra actual coyuntura política es inevitable: con los candidatos que tenemos lo único sensato y saludable es ponerse a ver el fut.

Reforma
03/06/2006

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