Mentiras oficiales II
Por Rafael Ruiz Harrel
Según la Procuraduría capitalina, en 2005 llegaron a su conocimiento 153 mil 956 delitos; 5.2 por ciento menos que el año anterior y 12.9 por ciento menos que en el 2000, cuando AMLO rindió su protesta. Desde que llegó el PRD al gobierno de la ciudad es, oficialmente, la más baja cifra delictiva.
Sólo que hay un problema: la cantidad no es creíble y sin duda está manipulada. La semana pasada ofrecí en esta columna dos razones que apoyan la afirmación. Añado otras ahora.
PRIMERA
Como he señalado en esta columna muchas veces, la delincuencia adopta cursos temporales extraordinariamente estables, tanto que se conservan aunque la criminalidad baje o suba. En el DF los meses con mayor delincuencia son marzo y octubre y los que registran menos son febrero y diciembre. Hay un caso de excepción: cuando la semana santa cae en marzo, como sucedió el año pasado, disminuye la importancia de ese mes y julio ocupa el segundo lugar.
No hay mejor prueba de que las cifras del 2005 fueron manipuladas que las divergencias que presenta su distribución mensual frente a la registrada en los quince años anteriores, o sea de 1990 al 2004. Al dejar la estacionalidad sin tendencia, se descubre que mayo y junio están casi a la par que octubre. Este último está desmedidamente bajo, al igual que julio, que en las cifras oficiales del 2005 es el mes más bajo después de febrero y diciembre. Abril, en cambio, está muy alto, lo que es explicable porque no ocurrió en él la semana santa, pero los cambios de los demás meses no tienen razón ni sentido. La única explicación posible es que se alteraron las cifras y no son confiables.
SEGUNDA
Nuestro diario realiza cuatro veces al año en el DF una encuesta con muestra representativa en la que se le pregunta a los entrevistados si fueron o no víctimas de la delincuencia. El plazo de referencia son los tres meses anteriores.
El hecho permite trazar una gráfica a partir de 1998 con el desarrollo de la delincuencia cometida en el DF, fuera denunciada o no, y otra, también por trimestres, con la delincuencia registrada por la Procuraduría capitalina. Al hacerlo se descubre que corren de manera más o menos paralela hasta el 2003, y a partir de ahí siguen cursos divergentes: las cifras oficiales bajan, mientras que las de las encuestas suben.
Una correlación permite tener una idea de a cuánto ascenderían las cifras si no estuvieran manipuladas. En el 2004, en lugar de 162 mil 485, deberían haberse registrado 183 mil 784 y en el 2005, en lugar del ya citado 153 mil 956, sería necesario reconocer un aumento y admitir que la delincuencia subió a 195 mil 154, y hay 41 mil 198 delitos más que los consignados en la cifra oficial.
TERCERA
Tal vez la prueba más elegante de que las cifras de Bátiz son falsas y han sido reducidas artificialmente, se encuentre en el viejo descubrimiento de Clifford Shaw de que toda ciudad tiene su centro delictivo. La tesis, confirmada por primera vez en 1946 en nuestra ciudad por Norman Hayner, puede ser comprobada por cualquiera que se tome el trabajo de tomar la delincuencia registrada en cada una de las delegaciones capitalinas, dividirla entre la población delegacional y multiplicar el resultado por 100 mil. El resultado final será una curva que baja de la Cuauhtémoc a Milpa Alta, revelando que a medida que una zona se separa del centro tiene menos delitos por habitante.
La teoría no sufre alteración alguna cuando se considera no sólo las 16 delegaciones capitalinas, sino los 58 municipios mexiquenses y uno de Hidalgo, que conforman la zona metropolitana del Valle de México. Es decir: la distribución es la misma y a mayor distancia del centro delictivo del área metropolitana, menos delitos por habitante.
Hace ya cuatro años que anuncié en esta columna (Reforma 3 dic 2001), que la zona metropolitana ya se había integrado como unidad criminológica. Hoy debo reportar un claro desfase: la curva ya no tiene sentido. Un solo ejemplo: los índices por habitante de Teotihuacán son más altos que los de la Carranza. Esto puede deberse a una de dos: o las cifras del DF son excesivamente bajas o las mexiquenses son muy altas. Lo segundo es muy poco probable. Sólo si se sube a poco más de 240 mil los delitos registrados en total en 2005 en el Distrito Federal, la distribución metropolitana vuelve a recuperar su sentido.
La conclusión general es obvia e inevitable: Encinas y Bátiz mienten.
Reforma
27/01/2006 |