"No somos santos"
Por Pablo Gómez
Cuando el gobernador de Puebla, Mario Marín, le dice a su amigo y héroe, Kamel Nacif, “no somos santos”, el político no le está diciendo al empresario que, en verdad, la santidad carece de existencia, lo cual casi nadie duda, sino que le está diciendo que ambos son corruptos, pero que eso se tiene que probar. Que presenten pruebas, dijo el gobernador, mientras que el empresario hablaba de que todo este asunto es una porquería o algo así, en lo cual nadie está dispuesto a contradecirle. Ahora, el gobernador poblano nos sale con el chiste de que no es su voz la que oímos en las grabaciones. Pues será entonces la voz del arcángel San Miguel —¿o era San Jorge?—, implacable con los dragones, como él mismo lo ha sido con la periodista Lydia Cacho.
Como las ahora tan escuchadas grabaciones fueron producto de un delito, entonces el PRI dice que no, que es necesario perseguir a los delincuentes que intervienen teléfonos, pero jamás a quienes violan la Constitución dando órdenes al Ministerio Público, el cual se supone -digo- que es una institución de buena fe en la cual la sociedad -¡oh, ilusa!- ha depositado las armas de su propia protección. Así, el candidato del PRI a la Presidencia de la República ya nos dijo que él no cree nada; sólo le faltó de decir que nada de nada y que ni siquiera cree en él mismo.
Sí, no hay santos pero no se trata de santidades sino de personas que se han tomado el poder para promover sus intereses e, incluso, sus caprichos más bajos. El empresario de marras ya había dado órdenes para que la periodista fuera violada en la cárcel, después de que la condujeron desde Cancún hasta la capital poblana por órdenes de funcionarios confabulados conducidos por un héroe, el mismo señor Nacif, quien dice dos o tres palabras soeces en cada frase… de las cortas.
No, no, no, el héroe eres tú, mi gober, en lo cual tenía razón el empresario, pues quien al fin de cuentas dio las órdenes no fue Nacif sino Marín, aunque a petición del primero. El que violó la Constitución no fue el mezclillero sino el gobernador. ¿Quién es el pederasta? Eso no lo sabemos de cierto pero tiene poca importancia en este capítulo de la comedia. Lo importante es que el gobernador de Puebla no es santo pero combate a quienes se sienten Dios, es decir, los periodistas que se meten con sus amigos.
Menos mal que el señor Marín ya no podrá reclamar un lugar al lado del Creador, donde están los ángeles, sino deberá rendir cuentas de su calidad pecadora, según ya lo ha confesado. Mas tendría, por lo pronto y mucho antes de llegar al cielo, que comparecer ante un órgano jurisdiccional de carácter político, ya sea en el Congreso de la Unión o en la legislatura de Puebla, pues sus actos son de aquellos que están previstos como violaciones de la Carta Magna que se pagan con la separación del cargo y la inhabilitación. Y tendría, después, que ser sometido a un juicio penal.
Pero no parece que algo como esto vaya a suceder en este país de las maravillas políticas. El viejo régimen se nos ha ido pero han quedado muchas de sus peores expresiones, en especial la impunidad de los gobernantes que le dan órdenes al Ministerio Público o reparten favores entre familiares y amigos.
Algunos lectores curiosos se estarán preguntando a estas alturas ¿qué vamos a hacer ahora? Les digo que puros trámites, es decir, una denuncia de responsabilidad política de ésas que son comida de los ratones en la Cámara de Diputados desde hace unos 90 años. El juicio político, como institución democrática, no existe en absoluto más que en ese papel que se llama Constitución, lo cual sería de risa loca si no fuera porque es en verdad dramático.
Cuánta falta hace que el fiscal sea independiente del Ejecutivo. Pero más falta hace que los gobernantes sean sencillamente probos, es decir, que cumplan con su deber. Por lo pronto, hay que crear una situación política que le haga a Marín imposible permanecer en el cargo.
Milenio Diario
17/02/2006 |