'¡Matémonos!' Froylán M. López Narváez La irrupción de gente que se llama "Mata Zetas" y "Nueva Generación" recuerda a la mordacidad, de gusto dudoso, que juguetea con las presuntas pesadumbres crónicas de argentinos quienes, ante pesadumbres o malestares, fatigados, dicen "suicidémonos". El gracejo no lo es del todo en México, con la aparición publicitada de matones paramilitares. En videos se ha podido observar a encapuchados, con armas muy mortíferas y que divulgan que su presencia tiene como objetivo extinguir al cártel de los Zetas. Samuel González Ruiz, fundador de la Unidad Especializada en Delincuencia Organizada de la PGR, y Luis Astorga, del Instituto de Investigaciones de la UNAM, entienden que la supuesta organización incipiente no está originada por balandronadas o por exhibicionismo agresivo. Para ellos es una comparecencia que tiene sustentos y verosimilitud. También coligen que son semejantes a los mismos Zetas y que ha de tratarse de agrupamientos financiados por narcos y habrían de estar asociados con alguna autoridad. Es muy probable la falacia de que se trataría de grupos paramilitares que harían trabajo La imputación solamente maliciosa se hace carne cuando aluden en esta aventura al ex gobernador veracruzano Fidel Herrera. Promueven la idea de que se forjan como tropas irregulares, en desobediencia plena La terrible, y aún pavorosa, desventura colombiana, con sus similares de Italia, Guatemala, El Salvador, Brasil, Estados Unidos, para acotar eminencias de mafias brutales, con matices y brotes irregulares. Una seña latinoamericana, al parecer muy peculiar, es la vinculación con ex militares y ex policías que cambian de bando, si es que alguna vez fueron convictos de los órdenes y valores de las naciones envilecidas por la delincuencia. Matones vemos, corazones no sabemos. Las nociones comunes sobre los paramilitares registran que son asociaciones de "civiles", que procuran mimetizarse con reglas y disciplinas de ejércitos, en un especial machismo colegiado, con un vociferado nacionalismo, aunados a ímpetus derechistas y que suelen ser sicarios de funcionarios públicos, los más de ellos regionales. Son fulanos, personas que no dan la cara, clandestinos y sigilosos, que atacan en penumbras o a cielo abierto, que no dan cuentas ni razones, de no ser sus alegatos en torno a reivindicaciones supuestas o inventadas. Extraña que no hayan surgido asociaciones de este tipo ante la violencia ubicua e inmisericorde, impune en grande, de las fechorías cotidianas, que asesinan a capos, inocentes de toda edad, periodistas, políticos, a quien sea y donde sea, como sea. Se cierran guetos residenciales, o de ciudadanos "sin problemas económicos", de alguna riqueza. Aunque también la perpetración de robos, mortandades, extorsiones, crecen en barrios, carreteras, pueblos chicos o grandes, en negocios de todo corte e importancia. Está claro que la criminalidad y las inseguridades son plaga nacional irrefrenada; en algunos lados intermitentes, en otros arraigados como en Tamaulipas, Sinaloa, Chihuahua, Durango, Michoacán, no menos en Tokio, Sicilia (la región), Nueva York y sus trasnacionales de la droga o las mil y una cleptocracias. Las causas imputadas a estas violencias sin cuento se achacan a ambiciones, pobrezas y desamparos sociales, el desempleo, el menosprecio. No conviene alegar en el asunto primario, relevante, de la legislación sobre el aborto, haya nadie que promueva la recurrencia a la expulsión de entes; en cualquier caso vivos, como una práctica asesina. Nadie dice "matémoslos", sino que se legitime o no se sancione, la "suspensión (irreversible por lo demás) del embarazo". No son conocidos, no se cree que existan, datos de la acción paramilitar como solución, extinción o beneficio reales o a fondo. No obstante, no falta quien delire suponiendo que se puede perdurar, vivir, matando. Reforma |





