Élites divididas María Amparo Casar ¡Lo que faltaba! Una élite económica dividida y enfrentada en una lucha descarnada por un pedazo del mercado. Los grandes empresarios no son ni tantito mejor que los políticos. Ni en los objetivos que persiguen ni en los métodos que emplean para destruir al adversario. Llevamos años quejándonos de una élite política dividida y enfrentada. Partidos que se fracturan a su interior en la pelea por el control de los recursos y las candidaturas. Fracciones parlamentarias que se obstaculizan las unas a las otras con tal de que nadie se lleve el mérito de haber conseguido los votos suficientes para aprobar una iniciativa sensata o que no se atreven a pagar el costo que supone la aprobación de una política pública tan necesaria como impopular como es la reforma fiscal. Bancadas de un mismo partido que se meten la zancadilla para que un líder no se posicione y gane terreno. Gobernadores de oposición al partido del presidente de la República que se niegan a cooperar aunque el fracaso de una política federal como el combate al crimen organizado suponga el fracaso de toda la nación. Los grandes empresarios han sido críticos principalísimos de una élite política que no llega a acuerdos y que no piensa ya no se diga en el futuro de la nación sino ni siquiera en los electores que los llevaron al poder y a quienes, amén de que no hay reelección, tendrán que apelar en la siguiente elección. A esa élite política dividida ahora hay que agregar una élite económica también dividida. El cuasi-monopolio de la telefonía y el duopolio de la televisión han decidido jugarse todas sus fichas en una lucha por el mercado de las telecomunicaciones. El uno que con derecho reclama el cambio de su título de concesión para poder ofrecer el triple-play y competir en el mercado de la televisión. Los otros que justamente demandan el fin al abuso en los precios de la interconexión para poder brindar el servicio de telefonía en condiciones medianamente competitivas. El uno, retirando la publicidad a las televisoras; el otro, utilizando la pantalla para exhibir cuánto más pagamos los consumidores de telefonía en contraste con el resto del mundo. Los dos beneficiarios de concesiones o ventas del Estado y que con su venia abusan de los consumidores aunque la Constitución prohíba los monopolios y aunque diga que "la ley castigará severamente y perseguirá con eficacia toda concentración (...) en unas pocas manos de artículos de consumo necesario y todo acuerdo, procedimiento o combinación de los productores (...) o empresarios de servicios, que de cualquier manera hagan, para evitar la libre concurrencia o la competencia entre sí y obligar a los consumidores a pagar precios exagerados que tengan por objeto obtener el alza de los precios". Los dos buscando que el gobierno resuelva a favor de ellos. Como los políticos que tienen el monopolio de las candidaturas y de la representación, las televisoras de un lado y la telefonía del otro sustentan el monopolio de las telecomunicaciones. Como a los políticos, lo que menos importa es satisfacer al ciudadano-consumidor o contribuir al crecimiento y desarrollo del país. Los votos son a los grandes consorcios políticos -los partidos- lo que las ganancias a los grandes consorcios económicos. Los ciudadanos son a las autoridades electas lo que los consumidores a los empresarios de las telecomunicaciones: sujetos a quienes se extrae la máxima renta posible y se brinda el peor servicio posible. Lo que dejan en claro políticos y empresarios es que ni los ciudadanos ni los consumidores importan porque ellos controlan el mercado. A los políticos les importan los votos para instalarse en el poder y, una vez allí, ejercerlo de manera patrimonialista. A los empresarios, el mercado cautivo y las ganancias para aumentar sus inmensas fortunas. En la guerra de las telecomunicaciones no estamos frente a dos gigantes que se enfrentan a otro gigante sin más consecuencia que la de cómo se reparten entre ellos el mercado. Se trata de un sector de cuya operación depende, en buena parte, la competitividad de la economía y de servicios que consume la gran mayoría de la población porque según el último censo en 65% de las viviendas hay un celular, en 43% teléfono fijo y en 93.6% un televisor. Pero más allá de sus intereses, objetivos y comportamiento habría que reparar en lo que significa la división de las élites. Uno de los factores determinantes del crecimiento y la prosperidad de las naciones es la unidad de las élites. Esa que no tiene México ni en lo político ni en lo económico. Corrijo, sí hay unidad, pero no en favor ni de los ciudadanos ni de los competidores. Reforma |





