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La historia en breve: Cinco horas de caos

Ciro Gómez Leyva

Reproduzco el arranque de una crónica publicada ayer: "No midieron el daño que causarían al turismo, no les importó nada, sólo sus intereses particulares, personales. Cinco horas fueron suficientes para echar por tierra el trabajo construido por miles de personas (empresarios, autoridades, prestadores de servicios náuticos y turísticos que día a día promocionan a Cancún en el extranjero en busca de atraer mayor cantidad de turistas). En cinco horas, todo se echó por la borda: el esfuerzo, el trabajo de todos los cancunenses se fue a la basura".

¿Qué tragedia ocurrió en esas cinco horas? ¿Dinamitó Al Qaeda los hoteles? ¿Hubo un secuestro simultáneo de empresarios prominentes? ¿Cómo si todo se fue a la basura en uno de los centros turísticos más importantes del mundo, CNN nada reportó?

Es que no pasó nada. Unas 500 personas se manifestaron la tarde del sábado en el boulevard de los hoteles, los restaurantes y los comercios. Ocasionaron problemas de tránsito y se fueron. Cero lesionados, cero detenidos. Cero pintas, cero desnudos. Cero consecuencias. Pero el Cancún político parece estar viviendo una paranoia digna de los años sesenta. La crónica referida (de Eric Galindo, Novedades Quinta Roo) lo ilustra bien: hay caos aunque no pase nada.

Y es que después de la respuesta brutal de los judiciales quintanarroenses a la manifestación del día 13, los gobiernos estatal y municipal están con los nervios a flor de piel. No quieren gritos, gente en la calle, periodistas, fuereños, curiosos. Y los manifestantes, la gente del albergue La Casita, lo saben y aprovechan. Anunciaron que marcharían el viernes, forzaron el despliegue de la policía, metieron estrés y no salieron. Lo hicieron hasta el sábado y advirtieron que volverán cuando se les ocurra.

El fondo del problema (el albergue se dice agredido por la autoridad) es ya lo de menos. El problema es el encono, perfectamente expresado por el procurador Bello Melchor Rodríguez, personaje con un discurso que hubiera hecho las delicias de Gustavo Díaz Ordaz, que se refiere a los manifestantes como "personas sumamente agresivas", se solaza con el hecho de someterlos a la presión de la libertad caucional y se jacta de no saber aún quiénes eran los encapuchados que reprimieron a los manifestantes: "No hemos identificado de qué corporación pudieran ser, porque intervinieron varias".

El problema no son los turistas. En los hoteles y restaurantes se vivió un buen sábado de temporada alta. Me consta. No hay nada más lejano para un alemán o un neoyorquino que toma sol en la playa del Ritz Carlton o el Meridien que una exótica manifestación que se está llevando a cabo a un kilómetro. No la ve, no la oye, no le afecta, no le importa.

El problema es conciliar el derecho a la manifestación en las calles de cristal de una zona que no se puede quebrar porque cualquier fin de semana, como fue éste, con una ocupación de 80 por ciento, tiene casi 50 mil visitantes. El dilema orden contra libertad que hoy se expresa aquí pero que, pronto, se reproducirá por todo México.

Y el problema es la angustia de los empresarios que miran cómo crece un Cancún paralelo, pobre, violento, y que no quieren verse en el espejo de Río de Janeiro: el infierno al lado de los hoteles de gran turismo. Empresarios que detestan las manifestaciones, aunque no tanto como detestan a las autoridades; que han estudiado el caos en otras partes del mundo y que, aunque no tengan mucha idea de cómo impedirlo, no lo quieren aquí. Manifestación suena a caos; pero represión suena peor; y gobierno, mucho peor.

Vista así, La Casita es un pretexto, un punto de fuga. Por eso la nota sobre la muerte de Cancún no salió en CNN.

Milenio Diario
06/07/2005

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