Poco PAN, mucho circo Federico Berrueto En este país existe un solo caso de transición de poder nacional en términos de normalidad política. Ocurrió en 2000. Derrota dolorosa para el presidente y su partido, pero decisión libre de la mayoría de los mexicanos. Al jefe del Ejecutivo no le corresponde, como lo hace ahora Felipe Calderón, "salvar al país" interviniendo en un juego que no le pertenece y al que no está invitado. Preocupa a Héctor Aguilar Camín la idea expuesta aquí hace ocho días, de que las casillas insuficientemente vigiladas explican el resultado electoral adverso a AMLO, a manera de avalar el señalamiento de irregularidad y, consecuentemente, la incapacidad del IFE de que las elecciones se lleven con normalidad si no hay representación de los partidos. Afirma que de ser así lo alcanzado no tendría valor, habría que regresar partiendo de cero. La conclusión es desproporcionada y no incorpora aspectos de mayor peso que obligaban a la anulación de la elección. No es necesario poner en entredicho la institucionalidad electoral por eventuales irregularidades en los centros de votación que pudieran decidir una elección presidencial muy cerrada. En EU, dos elecciones están bajo sospecha, la de John F. Kennedy y la primera de George W. Bush. Una lección: que el perdedor reconozca la derrota es evento concluyente a toda controversia. Revisitar los comicios de 2006 es obligado. El tema central no es la insuficiencia de representantes perredistas en las casillas, sino algo que se está perfilando ahora y sobre lo que hay que llamar la atención: la interferencia del presidente de la República en el proceso sucesorio. La imposibilidad de Cárdenas o de López Obrador para reconocer el resultado se deriva de este hecho. Aunque es difícil compartir las formas y modos del segundo, haber reconocido derrota hubiera significado traición. No podía haber vuelta a la hoja después de la elección, como sucede en toda democracia, precisamente, porque el resultado ocurrió a partir de elecciones injustas. Este es el tema que importa y, a la luz de lo que aconteció en las pasadas elecciones de julio y recientemente en Guerrero, debe airearse el tema con mayor claridad. En este país bicentenario existe un solo caso de transición de poder nacional en términos de normalidad política. Sólo una vez. Ocurrió en 2000. Cierto es que ganó la oposición, pero lo que hay que destacar es que el presidente en funciones supo mantener un sentido de los límites en la disputa electoral. Derrota dolorosa para el presidente y su partido, sin duda, pero decisión libre de la mayoría de los mexicanos. Al presidente no le corresponde, como insinúa Vicente Fox y como lo está haciendo ahora Felipe Calderón, "salvar al país" de la amenaza que se avecina interviniendo en un juego que no le pertenece y al que no está invitado. Suficiente imaginar lo que hubiese sucedido si a Zedillo se le hubiese ocurrido "salvar" al país de Vicente Fox. El debate obligado es si se va a continuar con esa tradición autoritaria de cargar los dados desde el poder presidencial. La discusión no son las casillas, ni lo que hacen los partidos con las cuantiosas cantidades que reciben —más ahora que no gastan en radio y tv— como para no acreditar representantes en las mesas de votación. La cuestión es si se va a permitir que el Presidente haga de su investidura medio para favorecer a un precandidato, primero, y después a su partido. La elección de Guerrero lleva a esta reflexión. Malo, muy malo que Marcelo Ebrard haya despojado al PRD de la posibilidad de seleccionar un candidato consecuente con lo que es y aspira el partido. El oportunismo electoral y el desapego a lealtades partidistas le viene muy bien. Ya se sabe que el PRD perdió desde el momento mismo que no postuló un candidato propio y, todavía peor, hacerlo a un enemigo histórico. Lo peor viene de la Presidencia de la República. La declinación a última hora del candidato del PAN, Marcos Parra, es una traición al partido y es un fraude a los electores que verán una boleta que no representa la realidad. La iniciativa de declinación estuvo en Los Pinos y su motivación no es que gane el candidato del PRI postulado por el PRD, sino que pierda el PRI como tal, a manera de anticipar una lucha por el 2012. Que el diario Reforma haya publicado en su primera plana la declaración de un testigo protegido a días de la elección, expediente recurrente por ese periódico contra candidatos del PRI, tiene su origen en la PGR, en documentos sin el valor probatorio que el medio pretende darle, publicado en un momento crítico para la elección, caso de grave irresponsabilidad hacia sus lectores y a su misión periodística. Malo por Reforma, pero la falta inicial viene de la PGR. La pregunta obligada es si lo que acontece en Guerrero se apega a las normas básicas de lo que es una elección justa, no digamos aceptable. Los partidos son degradados y el proceso comicial es manoseado desde la Presidencia y la jefatura de Gobierno del DF. Una elección anulada de origen. Comicios que derivaron en poco PAN y mucho circo. Milenio |





