Damnificados perennes
Rosaura Barahona Nacieron damnificados. De sus ancestros heredaron su marginación, su ignorancia involuntaria, su miseria y su condición de damnificados. Su forma de vida es la única a la que muchos de ellos (y, sobre todo, ellas) aspiran. Damnificado, dice el diccionario, es "alguien dañado o afectado por un desastre de carácter colectivo". En este caso, las lluvias desmesuradas, pero también la plaga añeja e incontrolable de los políticos corruptos, depredadores donde los haya. Hoy, los damnificados perennes fueron despojados de sus pertenencias miserables: una choza, el catre, los petates, el fogón, los andrajos que visten y, si acaso, la vaca que ordeñan o el cochino que matan cuando se necesita. No se resisten a ser empresarios, como algunos ingenuos creen. Tampoco es que no deseen modernizarse ni que disfruten seguir anclados en el pasado colonial. No desprecian la tecnología ni las fluctuaciones del mercado ni la globalización; simplemente ignoran que existan, ocupados como están en conseguir electricidad, un camino vecinal, un maestro, un doctor y un cura. El iPod y los celulares serían elementos de ciencia ficción si supieran lo que es la ciencia ficción. Pero no saben leer. Y si saben, de nada les sirve porque son analfabetas funcionales. ¿No todos? Cierto. Muchos son de clase media o media baja y están pagando, a duras penas, una casa, los abonos de los muebles, las colegiaturas o los libros de los niños. Pero todos han sido robados, como nosotros, de muchos de sus derechos: el derecho a que los impuestos trabajen en beneficio de la comunidad; el derecho a que sus mandatarios les rindan cuentas claras e incuestionables; el derecho a que se les haga justicia cuando el dinero del pueblo se desvía y las promesas de campaña no se cumplen. En lugar del drenaje pluvial, la casa en el extranjero. En vez de una red eléctrica rural, las joyas para contentar a la amante en turno. ¿Caminos vecinales? Eso no adorna; adorna sí, el coche de lujo que jamás habrían podido pagar con ingresos honestos. La lista interminable la podemos elaborar entre todos. Porque no es sólo la corrupción personal de los políticos, sino la colectiva. ¿El dinero destinado a convertir las escuelas públicas en lugares decorosos? Resulta mejor invertirlo en la campaña corrupta del corrupto candidato que se rodeará de corruptos colaboradores que se vincularán con corruptos ciudadanos para hacer corruptelas porque para eso trabajan por el país. Es verdad, no sólo los políticos tienen la culpa; según una visión, la naturaleza se ha desbocado porque la hemos maltratado; según otra, porque ya le toca evolucionar. El clima está patas arriba en el mundo entero y nosotros no sabemos si usar bufanda o traje de baño en diciembre, ni si los golpes de calor que matan en el verano europeo son pasajeros o llegaron para quedarse. Pero hay otro elemento difícil de creer: la corrupción de quienes tienen el corazón podrido y roban y venden los víveres y las medicinas enviados por otros mexicanos; los acaparadores de productos que anhelan la escasez que los enriquecerá y quienes agradecen la desgracia para sentirse generosos al deshacerse de medicinas caducas y de ropa o sábanas en pésimas condiciones. El entusiasmo de los medios por alentar a la población a ayudar es admirable. Pero algunos locutores se exceden. Uno de ellos, bienintencionado, hizo una pregunta involuntariamente cruel a un niño hambriento: "¿Cuál es tu platillo predilecto?". Y el niño, que apenas ha comido en varios días, recita sus antojos ante la cámara. Otro pregunta a una mujer cuyo marido se quedó de aquel lado del río, si cree que sigue vivo. Ella, sin dejar de llorar, dice que lo ignora. El locutor insiste: "Pues toda esa zona está muy inundada y no se ven sobrevivientes". ¿Es más importante la nota que la sensibilidad ni el respeto? Como usted, no dudo que es obligación nuestra ayudar a estos damnificados vueltos a damnificar. No importa si algunos son perennes y otros, temporales. Nos toca echar una mano y no con sobras, sino con algo que, de veras, nos hermane con ellos. Pero la pregunta que late tras esta enorme desgracia es: ¿algún día se hará justicia? Reforma |






