Consideraciones sobre el 68
Enrique Semo
1. Los años sesenta marcan la entrada en escena de la clase media y sobre todo de los jóvenes estudiantes como fuerza que cuestiona abiertamente el sistema corporativo y demanda la autonomía de asociación, manifestación y elección. Hasta entonces la clase media canalizaba sus demandas a través de los grupos del PRI y fundamentalmente su Sector Popular. Ahora esto no parecía ya suficiente.
Los primeros fueron los médicos. Su larga huelga por la mejoría de sus condiciones de trabajo y salarios tuvo cierto éxito. A cambio el gobierno pidió que la recién formada Asociación de Médicos se afiliara al sistema corporativo a través de la FSTSE. Los profesionistas se negaron y entonces vino la represión. En agosto de 1965, el Ejército ocupó el Hospital 20 de noviembre y el personal fue sustituido por médicos militares. Los años de 1966 y 1967 fueron de creciente activismo de los estudiantes universitarios. En las ciudades de México, Morelia, Hermosillo, Puebla, Monterrey, Durango, Villahermosa, Chihuahua, Culiacán y Chilpancingo protestaron planteando diferentes demandas, desde la reforma universitaria hasta el cese de la guerra en Vietnam. En todas partes, la respuesta fue la represión, a veces con intervención directa del Ejército. En abril del 68, los estudiantes de diversas Casas de Estudios que participaban en la “Marcha de la Libertad” en el centro de la República habían sido dispersados por el Ejército.
El movimiento del 68 no puede ser concebido sin esos antecedentes inmediatos. El nuevo actor social, base fundamental del régimen “de la Revolución Mexicana”, comenzaba a tomar distancia y lo hacía con el brío y la irreverencia de su juventud.
2. El miedo reinaba en la oposición. En entrevistas con dirigentes y activistas, desde el mes de julio impresiona la certidumbre –derivada del ambiente y de las experiencias anteriores– de la probabilidad de la inminencia, casi la inevitabilidad de la represión generalizada. Pero el temor se transformó paulatinamente en indignación, decisión ideológica y lo que se llamaba “firmeza revolucionaria”. No hay que olvidar que las figuras que presidieron las marchas eran las del “Che”, que había muerto heroicamente recién en Bolivia el 9 de octubre de 1967 y el tío Ho acompañado de la cadencia ¡Ho, Ho, Ho Chi Min! La figura de Zapata era bien considerada pero no era tan frecuente, porque como decían algunos estudiantes de Filosofía y Letras “había sido ya apropiada por la burguesía” y cuando el CNH dio la orden de que en respuesta de la acusación de extranjerismo se portaran también efigies de Carranza (por lo de la Constitución), fue imposible encontrar quién las cargara. Hasta 1968, todos los intentos de la clase media y de los estudiantes para expresarse en forma independiente fueron castigados con la represión. Pero la clase gobernante no previó la transformación del miedo en espíritu heroico de resistencia ni lo entendió. La matanza de Tlatelolco no fue sino un episodio más, extraordinariamente vasto y sangriento, de una cadena que se extendió a lo largo de una década sin principio ni fin. La represión que antes recaía sobre los trabajadores comenzó a afectar a la indignada clase media y a sus hijos, que esperaban un trato diferente al de los obreros y campesinos.
La nueva represión no pudo impedir que los estudiantes siguieran radicalizándose durante los años que siguieron al 68. Muchos se vieron envueltos en el movimiento que en los setenta y ochenta mandó “ir hacia el pueblo” y se fueron a vivir a los pueblos y ciudades para difundir la bonne nouvelle entre los trabajadores. Otros tomaron el camino de la resistencia armada, mientras que los últimos pugnaban por la reforma democrática y electoral. La represión logró lo contrario de lo esperado. En lugar de intimidar y dispersar, hizo crecer el movimiento hasta verse obligado a entrar cada vez más en el camino de las reformas del sistema corporativo.
3. Para entender el 68 mexicano en su ambiente y momento histórico hay que subrayar que sus demandas iniciales eran de una democracia primaria. Su contenido era el cese de la represión. Ni más ni menos. Veamos libertad de los presos políticos; extinción del cuerpo represivo de los granaderos; eliminación del delito de disolución social, utilizado para reprimir toda oposición política; indemnización a las víctimas de la represión, y deslinde de responsabilidades en los excesos en el uso de la fuerza represiva. Era una hoja de exigencias defensivas. Ni una palabra abstracta sobre libertades civiles, sobre el respeto a la ley en general, ni una mención a elecciones transparentes. Simplemente exigieron con arrogancia juvenil el cese de la represión que había respondido a sus acciones en los años sesenta.
A medida que se desarrollaba el movimiento, a un paso vertiginoso las ideas fueron mucho más allá que las seis demandas. El documento de los comités de Filosofía y Economía señalaba el carácter revolucionario de las luchas democráticas y pedía elevar paulatinamente las demandas de la simple protesta y la libertad de los estudiantes a los intereses de la mayoría de la población y la libertad de todos. Decía que los alcances del movimiento sólo podían ser determinados por la dinámica de éste. Ya el 23 de agosto se afirma que el movimiento tiene una bandera y objetivos muy precisos: la lucha contra la opresión política y la defensa del derecho a la participación democrática de todos los sectores de la población. El movimiento comenzó pidiendo el cese a la represión y dos meses después exigía el cambio de régimen. Se inició como un fenómeno local y terminó siendo expresión auténtica de la revolución latinoamericana y mundial.
Proceso
23/06/2008 |