La matanza del jueves de Corpus vista por Paz Ante el próximo, muy próximo aniversario de la brutal matanza de estudiantes del 10 de junio de 1971 ordenada por el presidente Echeverría y su grupo, es indispensable que el pueblo de hoy conozca el artículo publicado el 16 de junio en la página 7 de la sección Editorial de Excélsior. (Raquel Tibol) El vocabulario político Octavio Paz En horas de agitación y desor-den, el duque de Wei llamó a Confucio y le dijo: “Si estuvieses al frente del Estado, ¿qué harías?”. El maestro respondió: “Mi primera medida sería la rectificación de nombres: para que los hombres se entiendan, los significados deben ser claros y los mismos para todos”. Desde hace mucho asistimos en México a la corrupción de los nombres. Las palabras que fundaron a nuestra nación –las palabras de la Independencia, la Reforma y la Revolución– no sólo han perdido todo significado preciso, sino que no tienen el mismo sentido para todos los mexicanos. Revolución se ha convertido en sinónimo de burocracia política, desarrollo quiere decir enriquecimiento para unos pocos y escasez para la mayoría, democracia no ha significado pluralidad de voces, sino monólogo de un jefe. Nuestro vocabulario político está compuesto de palabras-máscaras, que ocultan la realidad de nuestra situación. Así, la rectificación de los nombres, dentro del contexto mexicano, quiere decir, ante todo, que las palabras cesen de ser antifaces. Esta es la tarea política más urgente, una tarea de higiene mental y moral: devolverle a las palabras su significado real, de modo que haya correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace. Desde hace seis meses vivimos en plena rectificación de los nombres. El presidente Echeverría inició su gobierno usando un lenguaje que no tardó en alarmar a los partidarios de las palabras-máscaras y que poco a poco, no sin vencer nuestro natural escepticismo, ha acabado por conquistar a la mayoría de la opinión independiente. Primero fue la autocrítica y después algo más difícil: tolerar la crítica de los otros, aceptar que disentir no es un crimen, sino un derecho y, a veces, un deber. Pero el nuevo lenguaje del nuevo régimen tenía que afrontar la prueba más dura: la de los hechos. La apertura del diálogo crítico había herido a las burocracias políticas y sindicales que han manejado nuestra vida pública durante los últimos 30 años. El conflicto de Monterrey enfrentó al régimen de Echeverría con los grandes señores de la industria y la banca. Así, el monopolio político y el monopolio económico se sintieron atacados por una política en la que las palabras volvían a corresponder con los hechos. Entonces vino el 10 de junio; un grupo de insensatos convocó a una manifestación de equivocados, no para celebrar la victoria de Monterrey, sino para denunciarla como una derrota. La extrema izquierda –mejor dicho, nuestra falsa izquierda extremista– inconscientemente realizaba una operación de corrupción lingüística y política: transformar verbalmente una victoria parcial, pero real, en una derrota. De nuevo el lenguaje, ahora el lenguaje radical, servía para ocultar la realidad. La respuesta de la realidad no se hizo esperar: un grupo de gángsters políticos, los halcones, agredieron a los manifestantes y mataron a varios muchachos. Ya podían estar satisfechos todos aquellos que padecen nostalgia de catástrofes. Con la agresión el monopolio político y el monopolio financiero pretendían volver a 1968. Había, sin embargo, una diferencia fundamental: la agresión de los grupos paramilitares no era única ni exclusivamente contra la extrema izquierda, sino contra la política de Echeverría. Una maniobra oblicua. Además, sobre todo, había otra diferencia: gracias al clima de libre discusión creado durante los últimos meses, la opinión pública pidió una investigación y el castigo de los culpables. Había terminado el período de las palabras-máscaras. El presidente ha devuelto su transparencia a las palabras. Velemos entre todos por que no se vuelvan a enturbiar. Echeverría merece nuestra confianza. Y con ella, cada vez que sea necesario, algo más precioso: nuestra crítica. Proceso |






