La revolución herida TÉMORIS GRECKO Las manifestaciones multitudinarias, así como los ataques de la policía y las milicias paramilitares contra estudiantes y ciudadanos, son la parte visible de un conflicto que, como nunca antes, ha fracturado al régimen de Irán. En negociaciones tras bambalinas en la ciudad sagrada de Qom, en los pasillos del Parlamento y los cuarteles de los Guardianes de la Revolución, dos facciones miden fuerzas, disputan posiciones y defienden sus intereses. Se acercan de manera peligrosa a los límites mismos de un sistema que no intentan destruir, pues de éste depende su sobrevivencia. TEHERÁN.- El arrojo y la determinación de los opositores iraníes han cautivado al mundo. El genio se ha salido de la botella, dicen aquí, y produjo un movimiento marcado por imágenes de pasión, heroísmo, combates y muerte en directo. Facebook, Twitter, YouTube y Flickr se han encargado de llevarlas hasta cada terminal de internet en el mundo. Sin embargo, no hay registros de las violentas luchas que tienen lugar en los espacios cerrados donde se decidirá el resultado: en las madrasas (seminarios islámicos) de la ciudad sagrada de Qom, en los pasillos del Majlis (Parlamento) y en los cuarteles de los Guardianes de la Revolución Islámica. Para millones de personas que han marchado en contra del presunto fraude electoral, y para los miles que sostienen la resistencia a pesar de la represión, no es el genio liberado de la botella el causante de las manifestaciones más vistosas en esta lucha por el poder entre varias facciones del régimen. Los bandos enfrentados utilizan las protestas ciudadanas para promover sus intereses. El grupo en torno al presidente Mahmoud Ahmadinejad argumenta que el entusiasmo popular, los enfrentamientos y disturbios, así como las declaraciones de condena en Europa y Estados Unidos, son evidencias de la amenaza que las posturas moderadas representan para la existencia misma de la república islámica. Por otra parte, la extensión del descontento ha servido a la coalición de conservadores moderados y de reformistas representada por el excandidato presidencial Mir Hossein Mousavi –que cuenta con el respaldo del poderoso expresidente Ali Hashemi Rafsanjani–, para demostrar que son los excesos y el radicalismo del gobierno de Ahmadinejad los que ponen en peligro al sistema, pues afirman que éste se ha desconectado del pueblo. De acuerdo con el velayat-e faqih, o “vigilancia del sabio juez”, que rige en la República Islámica de Irán, la soberanía del pueblo tiene límites, pues el líder supremo (constitucionalmente definido como “representante de Dios sobre la Tierra”) vela por que la ciudadanía no cometa errores. El líder puede anular cualquier decisión del presidente o del Parlamento, y además designa directamente a los jefes de los cuerpos de seguridad (ejército, policía y los Guardianes de la Revolución o Sepáh), al poder judicial y al Consejo Guardián, encargado de los procesos electorales y de recibir las quejas sobre los mismos. Desde la muerte del padre de la revolución islámica, el ayatola Ruhollah Jomeini, en 1989, el líder supremo es el ayatola Ali Jamenei, quien antes ocupó la presidencia de la república (1981-1989). Su primer ministro fue Mir Hossein Mousavi, el mismo que fue principal candidato opositor en las recientes elecciones. En aquel tiempo Jamenei y Mousavi eran rivales. El primero utilizaba sus diferencias con el segundo para ganar poder. Cuando Jamenei ascendió a líder supremo, Mousavi se retiró de la política durante 20 años. El ascenso de Jamenei generó muchas inconformidades. Dentro del clero chiita tenía el grado de hojatoleslam (autoridad sacerdotal), pero necesitaba el de ayatola –es decir, 20 años más de estudios islámicos– para ser electo líder supremo. Lo obtuvo de un día para otro, en un proceso muy cuestionado. Todavía hoy varios clérigos con mayor rango (hay 18 grandes ayatolas en Irán) se sienten con más derecho que Jamenei para ocupar la primera posición en el gobierno. Entre algunos de ellos también hay disgusto hacia el presidente. La postura ultranacionalista de Ahmadinejad aisló internacionalmente a Irán y lo ha puesto en una ruta de confrontación con Estados Unidos, la Unión Europea, Israel y varios países vecinos de Medio Oriente. Los ayatolas consideran que estos riesgos son innecesarios. También cuestionan la manera en que los Guardianes de la Revolución se han incrustado en espacios de poder político y económico, lo cual rivaliza con su propia influencia, pues también tienen apetito por los puestos públicos y los negocios. Política clerical El ayatola Rafsanjani está consciente de los peligros que enfrenta. Él y el ayatola Jamenei son enemigos y los políticos más avezados de Irán. Éste, débil de origen por la manera en que llegó a su puesto, es hábil para tejer alianzas y enfrentar a sus rivales. Encontró en Ahmadinejad a un socio ideal. El grupo del presidente creció gracias a ello y con enorme voracidad acaparó una gran cantidad de cargos políticos y económicos. Los perjudicados no son aliados naturales, pero el instinto de sobrevivencia los forzó a coaligarse: Rafsanjani, Mousavi y el expresidente reformista y ayatola Mohammad Jatami son los integrantes más notorios de esta alianza, y están acompañados por otro candidato perdedor: el mulá liberal Mehdi Karroubi. Mientras en la capital y otras ciudades el genio fuera de la botella luchaba en las calles, y Mousavi, Jatami y Karroubi casi no daban la cara, Rafsanjani se fue a la urbe sagrada de Qom a hacer lo que mejor sabe: cabildeo político. La asamblea está integrada por los 86 clérigos de mayor rango. De acuerdo con algunas versiones, Rafsanjani ya cuenta con las firmas de unos 40 de ellos en una carta en la que se pide la anulación de las elecciones. Ahí encontró el apoyo, además, del gran ayatola Hossein Ali Montazeri. Se trata de un disidente que en los años ochenta era tomado como seguro sucesor del ayatola Jomeini como líder supremo, pero que cayó de su gracia cuando denunció que en las cárceles estaban torturando a los presos políticos. Desde entonces se encuentra en arresto domiciliario. La sede del Majlis (Parlamento), frente a la plaza de Baharestan, en Teherán, es otro de los escenarios privilegiados del conflicto. Está dominado por los conservadores desde que el Consejo Guardián negó el permiso a casi todos los reformistas para participar como candidatos en las elecciones legislativas de 2003 y 2007. Sin embargo, el líder del Majlis, Ali Larijani, cercano a Jamenei, pidió que se investigue la participación de agentes policiacos en ataques contra estudiantes; señaló la parcialidad del Consejo Guardián, e incluso buscó que la televisión –toda ella gubernamental– le abriera un espacio a Mousavi para que presentara sus argumentos. El bando de Ahmadinejad, que busca encarcelar a Mousavi por “crímenes” cometidos durante las revueltas, ha lanzado violentos ataques verbales en los que pide la cabeza de Larijani. De hecho, los analistas creen que el líder del Parlamento podría abrir una “tercera vía” de solución o por lo menos lo intentaría. “Tormenta de polvo” Así como existen divisiones entre los parlamentarios, también hay señales de fracturas entre los Guardianes de la Revolución. Hasta el miércoles 24, Mohsen Reezaei, el excandidato conservador y pasdarán de cepa, denunció que le habían robado al menos 50% de sus votos. Aunque declinó sus quejas, son más conciliadoras su postura y las de sus cercanos. Entre éstos se encuentra el alcalde de Teherán, Mohammed Baqer, quien admitió que en la mega-manifestación del lunes 15 participaron “3 millones de personas” y el miércoles 24 declaró que autorizar las marchas era lo mejor para la paz pública. El propio grupo de Reezaei lucha dentro del Sepáh por sobrevivir frente al de Ahmadinejad. Esta “tormenta de polvo” –llamada así por los opositores en respuesta reivindicatoria al menosprecio del presidente Ahmadinejad– o “revolución verde” –como la etiquetan algunos medios occidentales haciéndoles el juego a los partidarios de Ahmadinejad, quienes la denuncian como otra de las “revoluciones de colores” patrocinadas por Washington en países exsoviéticos–, se suma a viejas pugnas. De acuerdo con expertos en el tema iraní, el conflicto pudo encauzarse con un manejo más aseado del proceso electoral, o con una actuación más imparcial del líder supremo. A fin de cuentas, los principales participantes en la disputa son prohombres del régimen y no les conviene destruirlo. Ante el descaro con el que se realizó el fraude electoral y el respaldo sin condiciones que Jamenei brindó al presidente, los opositores están empujando al sistema hasta su límite. Y el pilar más importante de éste quedó cuestionado: el líder supremo debe situarse por encima de discrepancias y actuar en beneficio de la nación, no de una de las facciones. En los últimos 10 días, la calle se ha llenado de gritos de “muerte a Jamenei”, nunca antes escuchados en la república islámica. Los expertos aventuran escenarios. Uno de ellos: las gestiones de Rafsanjani podrían tener éxito y el poder de Jamenei sería acotado, lo cual rompería con el principio de la superioridad del líder; o éste podría ser reemplazado por un triunvirato de clérigos, como se rumora en las calles de Teherán. Otro escenario: Ahmadinejad y sus pasdarán podrían imponerse con un régimen abiertamente autoritario y excluyente (con o sin Jamenei y sus clérigos afines, con los líderes opositores presos, exiliados o fuera de la política), destinado a sobrevivir o caer entre violencia cada vez mayor. En cualquier caso, hay una profunda fractura en el sistema y una parte muy grande de la sociedad lo cuestiona como nunca antes. Como advirtió Mousavi con pesar, lo que ocurre ahora parece darle la razón a quienes piensan que “república” e “islámica” es una conjunción imposible, que religión y Estado no pueden mezclarse. Aun si consiguen suprimir las manifestaciones, al descontento se va a sumar la frustración y un enorme resentimiento, que tarde o temprano volverán a aflorar. A fin de cuentas, y más allá de las disputas entre facciones, mucha gente se ha dado cuenta de que bajo el velayat-e faqih no tiene libertad. El genio ya se salió de la botella. Y no hay quien pueda meterlo de nuevo. 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