Postdata
(Sexta parte)
Silvia Cherem S.
Ciudad de México (06 de octubre de 2007).- La publicación en REFORMA del caso de Dana en estos últimos cinco días permitió arrojar cuando menos dos nuevas pistas en torno a lo que pudo haberle sucedido a esta joven israelí de 25 años, desaparecida hace seis meses en la Riviera Maya.
Por una parte, un lector constató que la Policía de El Cerrito, California, publicó en internet los primeros días de octubre, es decir, cuando comenzó a publicarse el reportaje, que el 18 de septiembre pasado había detenido a Matthew Ryan Walshin, hombre de 38 años residente de Henderson, por un disturbio provocado en el número 11100 de la calle San Pablo Avenue, y fue liberado horas después, en espera de que procedan los cargos del fiscal del Condado de Contra Costa (reporte número 07-17543, en la página http://www.el cerrito.org/police/pr_0709.html?tpl=prn).
Esto permitió contactar con el investigador Lozada (quien prefiere que se omita su nombre completo), un ex policía de San Francisco que ha indagado el caso, ha vigilado a Matthew durante los últimos cuatro meses, y relató lo que sucedió ese día.
El otro aporte lo da una lectora que vive en el norte del País y viaja continuamente a Playa del Carmen. Al ver la foto de Dana en REFORMA se dio cuenta que, sin saberlo entonces, ella pasó con la joven lo que quizá fueron sus últimas horas de vida.
'Mati se resiste'
Contratado por la familia Rishpy, Lozada, que durante más de 20 años se encargó de labores encubiertas para capturar asesinos, ha seguido a Matthew a relativa distancia desde el 7 de mayo pasado. Su misión era buscar un acercamiento, una simple entrevista amistosa, para solicitarle alguna declaración en torno al caso de Dana.
El 18 de septiembre decidió que era el momento de abordarlo. Durante semanas le había pisado los talones, pero a diferencia de otros hippies que permanecen hasta un mes en el mismo sitio, Matthew era un nómada reacio al contacto con extraños.
"Iba de fiesta en fiesta con música y drogas. No había forma de seguirle el paso, o abordarlo. Se quedaba sólo una o dos noches y migraba. Así, durante meses, casi siempre en el norte de California. A veces también manejaba de seis a ocho horas seguidas de un estado a otro. Hay quien diría que ese comportamiento errático y vagabundo es característico del estilo hippie, pero, con mi experiencia sé que también actuaba así porque huye de la justicia", asegura Lozada.
Afirma que se mostraba paranoico y vigilante, viendo por el retrovisor continuamente para cuidar que no lo siguieran. Además, a pesar de tener tres coches propios, en todo este tiempo sólo manejó autos rentados que cambiaba continuamente.
Ese martes de mediados de septiembre, Lozada, que contó a REFORMA lo que dejó testimoniado en el incidente #07-17543 de la Policía del Condado de Contra Costa, creyó que le había llegado la oportunidad que buscaba. A las 10 de la noche, el coche que Matthew condujo del Condado de Marin a El Cerrito, con licencia 5YKH064, estaba estacionado junto al restaurante de comida rápida Weinerschnitzel, en Madison, al oeste de la Avenida San Pablo.
Matthew no tardaría en reaparecer. El investigador esperó; iba acompañado por los detectives Robert del Torre, Leonard Morrow, Steve del Fierro y Rich Cairns, quienes viajaban en otro auto. A las 10:45 PM, Matthew llegó. La calle estaba iluminada y Lozada pudo reconocer perfectamente su rostro. Caminó hacia él. La puerta del conductor ya estaba abierta. Se identificó como investigador privado. Matthew reaccionó: "Ya sé qué quieres, vienes por lo de la chica de México". "Sí, me contrataron los padres", respondió Lozada.
Con nerviosismo, Matthew movió su mano izquierda hacia su cintura. Lozada temió que estuviera armado y le preguntó si traía consigo una pistola. Matthew comenzó a gritar furioso: "¡Maldito! ¡Te mataré!". Intentó clavarle las llaves del coche en el ojo un par de veces, pero el investigador logró esquivarlo. Trató de tranquilizarlo: "Sólo quiero hablar contigo".
Matthew logró finalmente encajarle las llaves en su mano. Repetía con rabia: "¡Te mataré!". Para contenerlo, Lozada lo tumbó al suelo con ayuda de Del Torre, que se acercó a brindar apoyo. Matthew se defendía gritando a viva voz: "¡Auxilio, auxilio!... ¡Michael, son investigadores privados, saca la pistola!". Lozada y su equipo escucharon un disparo desde el departamento de dónde salió Matthew y donde seguramente vivía su amigo Michael. Con la ayuda de Del Torre esposó al sospechoso en espera de la Policía local. Matthew les repetía: "¡Nunca la van a encontrar!".
Los oficiales Sagan, Hernández y Pierson, y el sargento Cliatt detuvieron a Matthew por unas horas y, sin un cargo mayor, lo pusieron en libertad. Luego, se enterarían que la desaparición de Dana Rishpy está en la lista de "Most Wanted" del FBI (http://www.amw.com/missing_persons/brief.cfm?id=48334).
Lozada no tiene dudas: Matthew, quizá junto con su primo Steven Miller, quien también estuvo en la fiesta del Mezzanine y de quien poco se sabe, estuvo implicado en la desaparición y posible asesinato de Dana.
"Sus antecedentes así lo indican", dice. "Aunque haya querido ofrecer una coartada convincente contactando a la familia tras la desaparición, él sólo está repitiendo un patrón de conducta".
Lozada revela que en 1989 Matthew fue a la cárcel por haber drogado hasta la inconsciencia a una joven en el campus de la Universidad de Santa Cruz, a la que luego violó. "Le puso algo en su bebida y luego abusó sexualmente de ella", sostiene. Como consecuencia fue a la cárcel seis meses y estuvo en libertad condicional algunos años.
Sin embargo, en 1998, el cargo se redujo en su expediente. De crimen sexual pasó a ser una simple "fechoría", es decir, un delito menor, supuestamente por "buen comportamiento". "Llevo 24 años relacionado con casos de esta índole y jamás había visto un cambio de calificación como ésa. Supongo que tuvo el apoyo de sus padres, muy buenos abogados", concluye Lozada.
El investigador no logró su cometido de "entrevistar" a Matthew y esa opción ya está perdida. Por eso, para los Rishpy, la última esperanza de saber qué pasó con su hija la depositan en la presión de los medios y en una actuación responsable de las autoridades mexicanas. Esperan, ni más ni menos, que las instancias federales asuman el caso para extraditar a Matthew Ryan Walshin y saber así dónde está el cuerpo de Dana.
El testimonio de 'Olga'
Cuando la noche del lunes 1 de octubre, "Olga" leyó la primera parte de la historia, se estremeció. Ella (que después de dar su nombre telefoneó angustiada para que se le pusiera un seudónimo) viaja continuamente a Playa del Carmen a bucear, y está convencida de que conoció a Dana, pocos días después de la fiesta en el restaurante Mezzanine y antes del primer mail de Matthew a los padres.
Estaba sentada en el restaurante La Tarraya, muy cerca del muelle, un sitio muy popular y concurrido. Era 4, 5 ó 6 de abril. Recuerda muy bien esa ocasión porque viajó a la zona después de la boda de su hija. Estaba en espera de su amigo José, instructor de buceo e investigador de cenotes.
Cerca de las dos de la tarde, vio a una familia acercarse. "Era un gringo grandote, con su esposa y cuatro hijos adolescentes de entre 16 y 21 años, dos mujeres y dos hombres, el más pequeño, con síndrome de Down. Traían en brazos a una muchacha, la cargaban como si fuera un costal. Estaba desfallecida, inexplicablemente tapizada de arena. Comenzó a hacerse mucho alboroto porque la joven se les caía de los brazos".
"Olga" siguió sentada y cuando vio que se acercaron cuatro policías le pidió a "Palillo", un mesero de su confianza, que se acercara a ver qué estaba pasando. "Lo de siempre, señora: una muchacha perdida, drogada. La quieren detener los policías, pero la familia no acepta. Dicen que se la van a llevar con ellos al crucero".
En Playa del Carmen atienden al turismo de los cruceros que atracan a diario en Calica, junto a Xcaret, a menos de cinco kilómetros de ahí.
"Olga" recuerda que la Policía acabó aceptando que la familia se hiciera cargo; inclusive el comandante vino a cerciorarse y levantó un acta. Una mujer policía, de las que recorren la playa en shorts, tomó los datos del estadounidense.
"Esa acta existe, estoy segura. Me contaron los policías que la muchacha no era de esa familia, que la habían encontrado tirada en la Quinta Avenida de Playa del Carmen, y que, recelosos de la autoridad, insistían en llevársela con ellos al barco".
"Olga" supuso que esa chica era una pasajera más del crucero, aunque hoy constata que no traía colgada la identificación que portaban los demás en su cuello. "Me daba tristeza ver a la chica en el sol, sin la protección de una sombrilla. Se desvanecía continuamente y no había forma de que se mantuviera sentada". Les aconsejó pasarla a un camastro. Con la ayuda del joven con síndrome de Down, la recostaron. "Era desesperante. La muchacha estaba muy mal, no borracha, sino totalmente drogada y sin conciencia. Le enrosqué su cabello para ponerle hielo en la nuca, mismo que sostuvo el joven con Down, y traté de darle pequeñas cucharadas de agua en la boca. Tenía muchísimo pelo, negro, rizado, enredado como si durante varios días no se lo hubiera cepillado. Ella manoteaba, pero no pudo emitir ni un sonido, ni siquiera logró abrir los ojos", recuerda.
A pesar de que a su amigo instructor de buceo le fastidiaba que "Olga" estuviera tanto tiempo con los desconocidos, ella se quedó hasta las cinco de la tarde tratando de reconfortar a la joven. Los estadounidenses, aparentemente mormones, según ella, sólo bebieron agua y refrescos. Le contaron que eran de un pueblo de Texas y hablaban de su viaje: zarparon de Miami, visitaron islas del Caribe, atracaron la noche anterior en Cozumel y partirían nuevamente a las seis de la tarde.
"La joven era un bulto. Mi única preocupación era evitar que se deshidratara".
Cerca de las cuatro, otro estadounidense llegó exigiendo que le regresaran a su novia. La señora de Texas se puso al tú por tú con él. Le pidió una identificación que le arrebató y lo regañó: "¿Cómo es posible que tengas a tu novia en este estado? ¡Te voy a denunciar en Estados Unidos! No te voy a dejar que te la lleves. ¡Eres un irresponsable!".
"Olga" no recuerda el rostro de este hombre, y no podría identificar si es, o no, Matthew. "Yo estaba inmersa en ella, casi no voltee a verlo".
A las cinco de la tarde "Olga" se fue. Media hora después la familia regresaría a su barco, que zarparía a las seis. Ella no sabe si se llevaron o no a la mujer desfallecida. "Hoy me resulta imposible entenderlo. ¿Cómo pretendían subirla al crucero, sin pasaporte, sin datos, sin equipaje, sin ropa?".
"Olga" nunca identificó a Dana en los espectaculares porque, en aquella imagen tomada de noche no se le veía el cabello; sólo brillaba su rostro blanco. Por eso, cuando leyó la historia en REFORMA y vio las fotografías, se quedó pasmada. Todo regresó a su mente: el matorral de pelo, la costra de arena, la inconsciencia.
"¡No tengo duda: era Dana!" José, su compañero, también lo confirma.
En el Tarraya muchos recuerdan a aquella familia estadounidense. Era peculiar: un joven con síndrome de Down, una muchacha drogada, una madre peleando por lo que creía justo. Uno de ellos, afirma que el "novio" estuvo merodeando hasta que se salió con la suya: recuperó su licencia y se llevó a la joven. Nadie sabe lo que sucedió después. Quizá la clave de la historia la tiene esta familia texana. Cualquier informe adicional: editorial@reforma.com
Reforma
06/10/2007 |