El blanco equivocado
(Segunda parte)
Silvia Cherem S.
Ciudad de México (02 de octubre de 2007).- Dania Rishpy colgó el teléfono el 7 de abril y le escribió a su hija un e-mail: "Querida Dana: un chico que se llama Mati nos llamó para decirnos que dejaba tu bolsa en la recepción. Dijo que se tenía que ir. Por favor, llama o mándanos un mail para saber cómo estás".
Ella se había comunicado con su familia por correo electrónico 10 días antes, el 28 de marzo. Parecía feliz. Contaba que había estado en Cancún, en un pequeño hotel en el que conoció gente "verdaderamente linda": el día 27, a dos franceses, y el 28, a un alemán, con quien recorrió las playas de Cancún y se fotografió. Mandó las imágenes. El 29 pensaba ir a Isla Mujeres, donde, escribió, seguramente se toparía con muchos israelíes. Dijo: "Todavía no veo israelíes, pero todos los demás turistas son lindísimos". Tres veces mencionó las palabras "very nice people". A la distancia, Dana parece ingenua.
"Muchos de los mochileros israelíes bajan sus barreras cuando viajan.
Sienten que lejos del Medio Oriente están fuera de peligro, tienen necesidad de desahogar su tensión y, para conocer jóvenes, entablar relaciones y vivir intensamente, sin preocupación, resquebrajan el estado de alerta que mantienen en casa. Piensan que todos serán buenos", explica David Dafni, representante en México de los Rishpy.
En Nueva York, Dania revisaba su e-mail continuamente, esperando noticias de su hija, pero pasaban los días y no había respuesta. "Dana, por favor, cuídate y comunícate. No olvides ponerte crema de sol. Te queremos". "Dana: ¿qué pasa?, ¿por qué no sabemos de ti? Llámanos".
Sensata como dice ser, la madre trató de no alarmarse. "Entiendo que cuando uno está de viaje, a veces es difícil comunicarse. Nosotros, mientras acampamos en la Patagonia, no tuvimos contacto con la familia durante poco más de dos semanas. No estaba yo preocupada. Me confortaba pensando: "No news, good news"; creía que, si algo le hubiera pasado, nos hubiéramos enterado".
Dania era de quienes piensan que su familia está blindada con una coraza de suerte. "Durante la última guerra, desde nuestro departamento veíamos todo el norte de Israel, hasta las montañas de Líbano. Cuando Hezbolláh atacaba, escuchábamos las sirenas, y Dana y yo corríamos al sótano resguardado. Sólo nos quedábamos unos minutos, y luego, curiosas, salíamos a ver desde la terraza dónde había caído el bombazo. Creía que las cosas malas sólo les pasaban a otros".
Sin embargo, en Nueva York comenzó a tener el extraño presentimiento de que algo iba a sucederles. "Nunca había sentido algo así, era inexplicable".
Sentía que su vida había sido "demasiado buena" e imaginó que se avecinaba la muerte de alguien. Pensó en sus padres, con más de nueve décadas de vida.
Dror, a quien ella le confesó su inquietud, se preocupó por su hijo Dan, residente de Valencia. "Le llamé tantas veces que lo dejé intranquilo. Por nuestra cabeza jamás pasó que el problema sería Dana".
El domingo 15 de abril, Dania revisó el correo que comparten los miembros de la familia. Constató que Dana no había usado su correo desde hacía dos semanas. Los mensajes, aún cerrados, se le acumulaban. Dania reconocía todos los remitentes: amigos de Israel, familiares, primos desperdigados por el mundo. Uno, sin embargo, de inmediato atrapó su atención: "Flower Power"; mientras lo abría, pensó que ese sobrenombre podría aludir a hippies o a drogas.
"Dana es vegetariana desde los 4 años; está siempre preocupada por una vida sana, no soporta el cigarro ni el alcohol, no viste nada de piel de animal y mucho menos tolera a quien consume drogas. Era extraño que se relacionara con alguien con ese apodo".
El e-mail era de Mati. A las 16:45 horas del 7 de abril, después de haber hablado con los Rishpy, "Flower Power" le escribió a Dana: "Hola, me voy de Mar Caribe. Tus bolsas estarán en la recepción. Es sábado y yo tengo que seguir. Espero que tengas un buen viaje. Cuídate. Mati".
"¿Dónde es Mar Caribe?" Dania entró a Google para saber si era el nombre de algún hotel de Cancún; saltaron más de 800 mil referencias, ningún sitio preciso. Tampoco tenía el teléfono de Mati, nunca se lo pidió.
Dror, padre de Dana, optó por escribirle: "Hola, Mati. Hasta hoy no hemos sabido de Dana. ¿Tienes alguna idea de dónde podría estar? Por favor, comunícate, porque comenzamos a preocuparnos. Agradecemos de antemano tu ayuda. Dania y Dror, papás de Dana".
Ese mismo día, Mati respondió: "Hola, Dror, soy Mati. No he visto ni escuchado nada de Dana desde el sábado 31 de marzo. Me mencionó que conoció a un joven australiano en Isla Mujeres antes de venir a Tulum. Se suponía que me iba a encontrar a la 1:00 del sábado 31 en la cabaña. La última vez que la vi fue a las 11:30 ese sábado. Ella iba a ir a las ruinas, posiblemente con algunos jóvenes de Quebec. No la vi a la 1:00, así es que le dejé una nota en la puerta para que me encontrara a 200 metros de ahí, en un sitio para acampar en la playa que ella conocía del día anterior. Perdón, pero no tengo más información. Cuídense. Mati".
La información les cayó como un chubasco. Era la primera vez en su vida que escuchaban la palabra Tulum; nada sabían de sus exuberantes selvas, zonas arqueológicas ni cenotes sagrados. Las ideas comenzaron a revolotear en sus mentes. Si desde el día 31 de marzo Mati no había visto a Dana, ¿por qué se comunicó hasta el 7 de abril, una semana después? ¿Por qué no dio la voz de alarma? ¿Por qué, a pesar de que abrió la mochila para encontrar el teléfono de los padres y de que sabía que ahí estaban dinero, documentos y todos sus artículos personales, no dijo nada antes?
No obstante, trataron de calmarse; él era su única fuente de información, y preferían aferrarse a la cuerda del optimismo: Dana seguramente estaba bien.
Dror le mandó otro mensaje y le preguntó el nombre de la cabaña en Tulum, y si sabía de alguna otra persona que hubiera estado en contacto con Dana.
El 16 de abril recibieron el segundo mensaje de Mati: "Las cabañas se llaman Mar Caribe; están en la playa norte de Tulum, junto a las ruinas. No tengo el nombre de nadie. Cuídense. Mati". Nuevamente buscaron en internet y no encontraron ningún hotel con el nombre de Mar Caribe.
Retomaron la comunicación: "¿Tienes la dirección, el teléfono o algún e-mail? Queremos saber si Dana recogió su mochila que le dejaste en la recepción...". Mati se mostraba hermético. Nunca dijo que él seguía en Tulum, no ofrecía ningún dato de su identidad ni mostraba la menor intención de coadyuvar a encontrar a Dana.
El 21 de abril, con su lenguaje escueto y su comunicación telegráfica, contestó por última vez: "No tengo ningún dato de Mar Caribe, pero está junto a Don Cafeto. Quizá eso les resulte útil".
Todo olía mal. Aquel día, Dania y Dror volaban de regreso a Israel.
Partieron rumbo a Tel Aviv y no a México, pensando que desde allá podrían tener mayor margen de acción con el apoyo de conocidos y de la Oficina de Personas Extraviadas en el Ministerio de Asuntos del Exterior. "Sin hablar español, sin conocer a nadie, ¿qué íbamos a hacer en México?, ¿pararnos en la playa de Tulum a llorar, a gritar que nuestra hija desapareció?".
El 23 de abril, los Rishpy buscaron por internet el teléfono de la Policía Judicial de Tulum. Les respondió Pablo, un oficial. Fue él quien el día 24 dirigió a un equipo de policías a las cabañas Mar Caribe, ubicadas en la playa, en el kilómetro 0.470 de la carretera a la zona arqueológica. Su intención era hacer un recorrido por la decena de rústicas palapas con piso de arena, hechas de madera, sin electricidad y con techo de guano, para investigar si Dana estaba ahí. Sergio Canul, recepcionista y encargado del lugar, que sólo lleva una hoja de registro con el nombre de pila de sus huéspedes, negó la presencia de la israelí y confirmó que su mochila negra con verde turquesa tenía ya 17 días abandonada ahí.
El rostro de la suerte
Ese mismo día, con el hallazgo de la mochila, comenzaría apenas la primera página del expediente judicial. Habían pasado ya 25 largos días desde la desaparición de Dana. Ese día, también, la Embajada de Israel en México y los medios de comunicación, mexicanos e israelíes tendrían la primera información del caso.
Todas las pertenencias de Dana "desde zapatos y ropa, hasta su cepillo de dientes", perfectamente ordenadas en impecables bolsitas, estaban guardadas en el interior de la mochila. En otro bulto más pequeño estaba su cartera, con ocho "travelers checks" de 100 dólares, su tarjeta Mastercard, su boleto de regreso a Tel Aviv, sus pasaportes "israelí, alemán (por la nacionalidad de su madre) y de la Comunidad Económica Europea", un rompevientos y un par de diarios escritos en hebreo.
Dana era obsesiva en el registro de cada instante de su vida. En su casa en Haifa tenía decenas de diarios, fotografías y escritos, inclusive un registro de todos sus sueños "tenía hasta cinco o seis por noche. Su madre, espantada ante tantos testimonios que eran el expediente abierto de toda una vida, hacía poco tiempo había bromeado con ella: "Ay, Dana, documentas cada instante como si fueras a morirte pronto". En aquel momento se rieron de la ocurrencia; hoy, el corazón de Dania se estruja ante aquel recuerdo premonitorio.
En la última página del diario que hoy obra en poder de la Policía Judicial, Dana escribió en hebreo el 30 de marzo, probablemente el último día de su vida: "Me fui de Isla Mujeres y tomé un barco de regreso a Cancún, dos camiones y un taxi, y me encuentro en la playa de Tulum, que está fuera de este mundo".
Cuenta que, en el camión a Tulum, conoció a dos suizos y a un estadounidense que se subió en Playa del Carmen. Ellos le confirmaron lo que temía: Tulum estaba abarrotado de turistas. Continúa: "Tomamos juntos un taxi a la playa.
Los suizos encontraron una cabaña, y yo acepté el ofrecimiento del americano de compartir la suya. Su nombre es Mati, es de Santa Mónica; tiene 32 años.
Ha vivido aquí durante dos meses, trabajando en bienes raíces. No sé sus intenciones, pero yo con él no tengo ninguna; cuando menos hasta que se rasure, se bañe y se corte el pelo. Parece amistoso, pero apesta".
Alude a que Mati se mostró amable con ella cuando le contó de su experiencia en Isla Mujeres. Ahí, Dana había conocido a unos jóvenes, con quienes quiso entablar amistad y fue rechazada. Añadió: "Es increíble cómo todo puede cambiar en un día. Hoy estoy feliz de estar aquí y de no haberme quedado en Isla Mujeres otra noche más". En la noche, según escribió, irían a un bar con música en vivo. Su relato remata con una frase lapidaria: "¡Qué suerte tengo de toparme con un chavo como Mati, que conoce bien este lugar!".
Esa noche, Dana y Mati fueron a la fiesta de playa que cada viernes organiza el hotel Mezzanine. Según declaraciones de israelíes, estadounidenses y mexicanos, Dana estuvo ahí. La vieron tomando fotos, inclusive algunos le ayudaron a encontrar su cámara, que se le extravió unos minutos. Fue la última vez que alguien la vio, quizá su última noche. "¡Qué suerte tengo!", fue lo último que escribió, pero la suerte es sólo una cara del azar. La flecha de su destino dio en el blanco equivocado.
MAÑANA: La cuadratura de un crimen
Reforma
02/10/2007 |