Enviar por Email  | Versión para imprimir

Estrategia del odio

Por Carlos Monsiváis

De viaje en el extranjero, Carlos Monsiváis fue localizado en algún punto del ciberespacio. Desde ahí, remitió a Proceso en este texto su posición respecto de la campaña del PAN contra Andrés Manuel López Obrador y del ataque a Elena Poniatowska, en respuesta a preguntas específicas.

El anti–intelectualismo de la derecha internacional se acentúa en México, donde la derecha hace mucho que dejó de leer, ocupada en observar con detalle los métodos de la televisión para enmendar a la niñez y la juventud. Es un anti–intelectualismo orgánico, furibundo, que viene de la fobia de la Contrarreforma por el libre examen, y de una certidumbre: si un libro no dispone de la autorización eclesiástica, del Nihil Obstat, no vale la pena acercarse a él (como ya no se usa el Nihil Obstat, pocos derechistas, carentes de orientación, se acercan a un libro, o quizá la explicación más adecuada tiene que ver con las telenovelas). Si se quiere un ejemplo clásico, allí está la dictadura de Francisco Franco, al que “en el PAN le tenían muchísimo respeto” (lo aseguró Felipe Calderón en diálogo con Ciro Gómez Leyva).

Conviene señalar también que, no obstante los grandes intelectuales y escritores que pertenecieron a la izquierda comunista, ésta durante un largo tiempo sostuvo un anti–intelectualismo brutal, y en donde tenían poder su virulencia no era inferior a la del nazifascismo. Y si en América Latina la derecha defiende y encarna la barbarie de las dictaduras militares, la izquierda partidista ha exigido el acatamiento (donde manda) o la sumisión (donde tiene algún grado de influencia). ¿Tiene caso recordar la frase de Fidel Castro en 1962: “Dentro de la revolución todo; fuera de la revolución, nada”, lanzada en un encuentro de intelectuales?

En el momento actual, la izquierda política, con muy escasas excepciones, se desentiende de la vida cultural; a la derecha, en cambio, sí le fastidia enormemente. Manuel Espino, el dirigente moral del PAN, habló recientemente (La Jornada, 11 de abril de 2006), y con su habitual lucidez (la que tiene, la que exhibe, de la que se jacta), de su “consejo nacional de intelectuales”, que aprobó los spots contra Andrés Manuel López Obrador.

Por curiosidad, ¿qué intelectuales integran ese consejo nacional? Ya que los aludió, señor Espino, delátelos por favor, es su obligación ante el país y el PAN requiere de ese estímulo. ¿Quiénes integran el consejo nacional de intelectuales y por qué actúan en secreto? ¿Qué intelectual, el que sea, puede pensar como ellos? Hay que recordar cómo uno de sus baluartes teóricos se opuso al condón, literalmente, a nombre del drenaje profundo al que el látex dañaría sin piedad ni remordimiento.

Hay intelectuales que prefieren mantenerse al margen de la política y otros que optan por involucrarse. Creo que lo preferible es que cada uno decida. Este es asunto personalísimo, y puede haber también “torre de marfil”, o de cualquier otro elemento aislante, en los izquierdistas que ocupan totalitariamente su tiempo en la lucha por curules. Además, uno se mete entre las patas de los caballos, y extiendo la metáfora, lo quiera o no. La polvareda actual todo lo alcanza.

Se habla de que la campaña “AMLO es un peligro para México” se hace para fomentar el miedo, como en 1994. No estoy muy seguro. Creo que el sentimiento convocado es el odio, algo semejante y distinto. ¿Qué miedo se le puede tener al líder al que todos los días, a todas horas, se critica en todos los medios de difusión? Cuando se lanza una campaña tan mentirosa y de tal turbiedad de fines (“López Obrador... un peligro para México”), lo que se hace es activar el resentimiento o las frustraciones a las que se les ofrece el vertedero del odio. Esto, entre posturas machistas del nivel más burdo. El odio magnifica la idea de sí mismo que tiene el odiador. ¿A quién se dirige esta campaña? A los que sólo se sienten superiores si ejercen el desprecio, a los carentes de méritos ajenos a la posibilidad de destruir.

En 1994 el EZLN les parecía un peligro real a los manipulados por la pareja Salinas/Zedillo; hoy, López Obrador les parece un peligro real e inesperado a los fundamentalistas del neoliberalismo. Pero esta vez no hay enmascarados, ni el miedo a lo desconocido (lo indígena); ahora es una reacción furibunda contra la politización de los nacos y el carisma de su líder.

López Obrador ha cometido errores ostentosos (uno de ellos el “Cállate chachalaca”, dirigido al presidente Fox, que en su momento califiqué de error político y moral), pero estos grandes desaciertos, da pena siquiera enunciarlos, no lo convierten ni de lejos en “un peligro para México”, un término que sólo tiene sentido si se acompaña de una empresa de exterminio. Esta vez no se quiere manejar el miedo, sino lo opuesto: el coraje de la cacería. A manipular el odio con el Ideario Testiculario: yo soy gallo, le dice Calderón a López Obrador, y te volveré gallina. Si hasta allí llega el líder de los intelectuales panistas, hay mejores frases en el repertorio del segundo año de primaria; si esto corresponde al afán de destruir, el asociarlo con las metáforas avícolas le quita solemnidad pero no disminuye la seriedad del intento, y la necesidad intelectual de examinarlo a fondo.

El PAN y sus aliados condenan la polarización en abstracto mientras la promueven con el entusiasmo de la viejecita que encontró en la calle tirado algo que le pareció el carisma y se lo puso y lo enseña como si fuera suyo desde siempre, y como si fuera efectivamente carisma.

 

Proceso
17/04/2006

Comparta esta nota:     Del.icio.us del.icio.us    Fresqui Fresqui    Menéame menéame    Technorati Technorati