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Sobornar a Dios

 

Ricardo Alemán

POR suerte para la jerarquía católica y para Ramón Godínez, obispo de Aguascalientes, el reconocimiento de que la Iglesia católica se ha convertido en lavadero de dinero procedente del narcotráfico fue opacado de la escena mediática por la trágica muerte de los mandos de la SSP, por el rescate de Rubén Omar Romano y por la llegada del huracán Rita a Texas y Louisiana, entre otros impactos informativos que sacaron de las primeras planas el debate sobre las "narcolimosnas".

Pero el asunto ni es nuevo ni terminará con la declaración del boquiflojo Godínez, pues desde que el narcotráfico se convirtió en uno de los brazos más poderosos del llamado crimen organizado, las abundantes ganancias de esa actividad delictiva no sólo han servido para que los barones de la droga y sus sociedades del crimen adquieran poder y fortuna, sino para la compra de indulgencias. Si el dinero del narcotráfico sirve para la compra de la justicia terrenal, también sirve para la compra de la justicia divina, como lo dijo candoroso el obispo de Aguascalientes, Ramón Godínez, quien se aventó la puntada de comparar el lavado de dinero que hace la Iglesia con la cita bíblica de María Magdalena cuando lava los pies del Señor con costosos afeites que, según Godínez, pudieran ser de origen ilegal.

La relación del narcotráfico con la Iglesia católica es en realidad un secreto a voces. Más que las agencias de seguridad o de inteligencia del Estado mexicano, los sacerdotes de la Iglesia mexicana y su jerarquía son capaces de elaborar el más completo mapa del narcotráfico en México. En rancherías, en serranías, en pueblos alejados, en selvas y desiertos; en todo el territorio nacional en donde la Iglesia católica tiene presencia, también sabe de las actividades delictivas de muchos de sus fieles, quienes aligeran sus conciencias con jugosas limosnas.

Un caso conocido es el del padre Gerardo Montaño Rubio, que a su paso por Tijuana entre los años 80 y 90 creó un verdadero emporio católico vinculado a los Arellano Félix, avalado por el que era obispo de Tijuana, Emilio Berlié Belauzarán.

Más aún, en julio de 1994 fue el propio sacerdote Montaño Rubio quien se encargó de llevar a la misma nunciatura, ante Jerónimo Prigione, a los hermanos Ramón y Benjamín Arellano Félix, quienes pidieron al nuncio su intermediación ante el entonces presidente Carlos Salinas y ante el papa Juan Pablo II para ser exculpados del crimen del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo. El presidente Salinas conoció del encuentro, en el que además los capos de la droga le enviaron al papa Juan Pablo II una carta en la que se deslindaban del crimen. Salinas no actuó para detenerlos y la Iglesia católica los perdonó. La reunión se hizo pública cuando los propios capos la filtraron a los medios, hacia finales de 1995.

El 16 de abril de 1996, el sacerdote Gerardo Montaño Rubio, quien de Tijuana fue enviado a Sacramento y luego a San Diego, California, reconoció ante un grupo de periodistas que él fue el puente entre Prigione y los hermanos Arellano Félix, y no sólo eso, sino que dijo haber sido testigo de que los Arellano Félix no participaron en el crimen del cardenal Posadas, ya que ese 24 de mayo de 1993 "yo estaba con el señor Benjamín realizando el sacramento de iniciación religiosa en Tijuana". Es decir, bautizaba a uno de los hijos de Benjamín Arellano Félix, el mismo día que fue asesinado el cardenal Posadas. Pero el padre Montaño Rubio también reconoció que se acercó a la familia de los narcos "por la esposa de uno de ellos, por cuestiones sacramentales".

El 21 de junio de 1997 llegó a México Justo Mullor, nombrado por Juan Pablo II como nuncio apostólico en sustitución de Jerónimo Prigione. Cuando el nuevo representante vaticano apenas y se aclimataba en México, en los últimos días de septiembre de ese año reapareció en los medios el debate sobre las narcolimosnas. Justo Mullor convocó de inmediato a una conferencia de prensa, en los primeros días de octubre de 1997, para responder al gobierno de Ernesto Zedillo: "En el Ejército mexicano y en la Procuraduría General de la República existen `narcomordidas`", aseguró. Luego, y como para advertir que sabía bien de lo que hablaba, expuso a los periodistas sus temores: "Confío en que nadie tendrá el mal gusto de pedir que me vaya a mi casa". En efecto, el gobierno de Zedillo pidió al Vaticano su remoción.

El escándalo terminó como parece que terminarán las declaraciones del obispo Ramón Godinez, a pesar de que el nuevo Papa, Benedicto XVI, se dijo preocupado por el narcotráfico, la corrupción y la impunidad en el México del nuevo siglo. Y si esa preocupación es real, el papa Benedicto tendrá que empezar por su casa, por la Iglesia católica mexicana, que en no pocas regiones del país cohabita con el narcotráfico, se beneficia de esa actividad, sirve de lavadero del dinero del narcotráfico y solapa a los delincuentes. Valdría preguntarle al obispo Godínez: ¿y donde quedan los mandamientos de la ley de Dios? ¿Con qué calidad moral y católica se pide a los feligreses respetar las leyes divinas y las leyes de los hombres, si las leyes de Dios, igual que las terrenales tienen precio? La corrupción metida hasta la médula de la Iglesia católica.

Pero no sólo el narcotráfico soborna a la autoridad divina. También lo hacen empresarios, políticos, gobernantes, sobre todo en tiempos electorales como los actuales. Todos saben que empresarios bondadosos entregan de tanto en tanto desde casas, automóviles nuevos, servicios y menaje de casa a sus pastores católicos de cabecera. De tanto en tanto se edifican palacios católicos en medio de la pobreza más insultante, como en Ecatepec, sin que nadie se escandalice porque los capitanes de empresa compren el favor divino.

Y qué decir de los políticos. En tiempos electorales o en prevención de ellos regalan hasta lo que no es suyo. Y el caso más cercano en la memoria es el del ex jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, quien regaló a la Iglesia católica capitalina un codiciado predio para ampliar el espacio dedicado a la basílica de Guadalupe. ¿A cuenta de qué fue la entrega de un predio propiedad de la ciudad de México, si López Obrador no es católico? Bueno, pues el fervor católico del señor López Obrador tiene una explicación, el interés político electoral. En realidad se trata de un soborno disfrazado de caridad gubernamental.

El candidato único le hizo a la Iglesia católica un fabuloso regalo, no como una muestra de fe, porque además ni es católico y regaló lo que no era de él, sino porque cree que de regreso tendrá el favor divino, o por lo menos de los representantes de Dios en la Tierra, para su causa políticoelectoral. Y si hay narcos, empresarios, políticos, gobernantes y candidatos presidenciales que dan fabulosas limosnas a la Iglesia católica, que se "caen con su cuernito" para quedar bien con el de arriba, ¿entonces de qué nos escandalizamos? Con sobornar al de arriba y a los de arriba ya la hicimos. ¿O no?

 

El Universal
Primera sección
26/09/2005

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